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Cholitin Duluc reflexiona sobre como la agresividad en redes empuja a políticos a convertirse en figuras «light»

Nacionales. Miercoles, 11 de Febrero, 2026

DIARIO ECO/SANTO DOMINGO, RD.- El senador Rafael Barón Duluc Rijo, mejor conocido como Cholitin Duluc, manifestó que, en la actualidad, la política se desarrolla bajo una «presión inédita», la cual no emana únicamente de los partidos de oposición, de los medios de comunicación tradicionales o de la ciudadanía organizada, sino que proviene desde las redes sociales, un espacio que calificó como «volátil y despiadado».

«La política se ejerce hoy bajo una presión inédita. No proviene únicamente de la oposición, de los medios tradicionales o de la ciudadanía organizada, sino de un espacio mucho más volátil y despiadado: las redes sociales. En ese escenario, la crítica no se procesa, se dispara; no se argumenta, se cancela; no se discute, se lincha», expresó en su artículo de opinión titulado «La era del odio digital y la fábrica de los políticos light».

Sostuvo que, mientras esto ocurre, los políticos se mantienen tranquilos, evitando posiciones claras para prevenir ser atacabado en plataformas digitales, priorizando así la aprobación en las redes sociales que al liderazgo firme.

Artículo de opinión de: Rafael Barón Duluc Rijo

La política se ejerce hoy bajo una presión inédita. No proviene únicamente de la oposición, de los medios tradicionales o de la ciudadanía organizada, sino de un espacio mucho más volátil y despiadado: las redes sociales. En ese escenario, la crítica no se procesa, se dispara; no se argumenta, se cancela; no se discute, se lincha.

La llamada era del odio digital ha transformado el debate público y, con él, el tipo de político que logra mantenerse en pie. Asumir una posición clara, defender una idea impopular o tomar una decisión difícil se ha convertido en un acto de alto riesgo. Ya no se confrontan los argumentos, se cuestiona la intención. No se examina la propuesta, se descontextualiza una frase. El error no se corrige: se viraliza.

Este clima ha dado lugar a una nueva figura política: el político “light”. No necesariamente desprovisto de ideas, sino condicionado por el miedo. Miedo a una masa irreverente que no siempre representa a la mayoría, pero que domina la narrativa digital. Miedo a quienes critican todo, proponen poco y no asumen ningún costo por equivocarse.

Las redes han creado una profunda asimetría. El opinador anónimo arriesga nada; el político arriesga su nombre, su trayectoria, su familia y su estabilidad emocional. En ese contexto, el liderazgo comienza a ceder ante el cálculo. Se gobierna mirando tendencias, se legisla midiendo reacciones y se opina con la vista puesta en el próximo ataque.

Así, el político deja de liderar para convertirse en un actor reactivo. Espera a ver qué dice la multitud digital antes de fijar postura. Prefiere la ambigüedad a la firmeza, el silencio a la decisión, el consenso superficial al conflicto necesario. La política se vuelve correcta, prudente y cuidadosamente inofensiva.

A ello se suma un fenómeno aún más corrosivo: la crítica permanente. Cuando todo es malo y nada sirve, decidir pierde sentido. El silencio castiga menos que la acción y la neutralidad genera menos odio que la convicción. Poco a poco, la política se llena de figuras amables y calculadas, pero vacías de contenido.

Este entorno también tiene un costo humano que rara vez se reconoce. El odio digital desgasta, hiere y deshumaniza. Insultos, amenazas y campañas de descrédito se normalizan. Muchos optan por suavizarse no por conveniencia política, sino por supervivencia emocional. Y cuando la política expulsa a quienes piensan y resisten, el espacio lo ocupan quienes se adaptan sin convicciones o quienes no sienten.

Se produce entonces un círculo vicioso: las redes castigan la firmeza, los políticos evitan posiciones claras, la política pierde profundidad y la ciudadanía se desencanta. Ese desencanto alimenta más enojo, más odio y más castigo. El ciclo se repite.

La paradoja es inquietante. Se exige liderazgo, coherencia y valentía, pero el ecosistema digital premia la indignación, el escándalo y la simplificación. Se reclaman estadistas, pero se empuja a los políticos a comportarse como figuras efímeras de aprobación inmediata.

Tal vez el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea tecnológico ni político, sino ético. Recuperar la capacidad de disentir sin destruir, de criticar sin aniquilar y de exigir carácter sin castigar la firmeza. Porque una democracia que solo tolera políticos sin columna vertebral termina, inevitablemente, caminando sin rumbo.