Opinión. Lunes, 09 de Febrero, 2026
Cuando el halftime dejó de ser solo música y se convirtió en un mensaje político, que somos una sola América.
El Super Bowl LX de 2026 no será recordado únicamente por el resultado del partido ni por los anuncios millonarios que compiten cada año por captar la atención del público. El evento quedará marcado por algo más profundo y, para muchos, más incómodo: la irrupción definitiva de la identidad latina como mensaje político-cultural explícito en el escenario mediático más grande de Estados Unidos.
La actuación de Bad Bunny no fue un concierto convencional. Fue un manifiesto cuidadosamente construido a base de símbolos, silencios elocuentes y frases imposibles de ignorar. Sin proclamas partidistas, sin nombres propios proyectados en pantalla, pero con una claridad conceptual que explica por qué el show generó aplausos, lágrimas, orgullo… y una furia política inmediata.
Uno de los elementos más potentes del espectáculo fue el balón de fútbol americano con la frase “Together, We Are America”. No fue un detalle estético: Bad Bunny lo sostuvo, lo mostró a cámara y lo convirtió en eje visual del performance.
El mensaje era inequívoco. “América” no es solo Estados Unidos. América es un continente que va de norte a sur, construido por inmigrantes, mezclas culturales y pueblos históricamente invisibilizados. En un país donde el término America suele apropiarse como sinónimo exclusivo de nación, el gesto fue una reapropiación semántica y política.
La frase apareció en letras gigantes sobre el escenario, como columna vertebral emocional del show. En un contexto de discursos polarizantes, xenófobos y raciales, el contraste fue deliberado: amor frente al odio, comunidad frente a exclusión, diversidad frente a miedo.
No era una consigna ingenua. Era una respuesta directa aunque no nombrada a una época marcada por redadas, muros simbólicos y políticas de “ellos contra nosotros”.
Hacia el final, tras pronunciar el clásico “God bless America”, Bad Bunny enumeró uno por uno los países del continente. El gesto resignificó una frase históricamente nacionalista para convertirla en una bendición continental.
Fue uno de los momentos más comentados en redes: una América plural, diversa y hablada en español desde el corazón del espectáculo más anglosajón del planeta.
Formalmente, el espectáculo no mencionó a ningún político ni partido. En la práctica, el mensaje fue leído de inmediato como una crítica frontal al trumpismo y su agenda antimigrante.
Las banderas latinoamericanas, el uso dominante del español, la exaltación del inmigrante y la estética caribeña funcionaron como un acto de resistencia cultural. No hacía falta decir el nombre del presidente para que todos entendieran a quién interpelaba el mensaje.
La actuación fue coherente con la trayectoria de Bad Bunny. Medios internacionales recordaron sus denuncias previas contra el ICE, las redadas migratorias y el clima de persecución vivido por comunidades latinas. Incluso se mencionó que el artista había evitado giras extensas en EE. UU. continental por temor a estas políticas.
El Super Bowl se convirtió así en la plataforma definitiva para retomar ese discurso, ya no desde un concierto, sino desde el altar mediático de la cultura estadounidense.
La respuesta fue inmediata. Figuras del movimiento MAGA y el propio Donald Trump calificaron el show como una “afrenta”, un “desastre” y una “bofetada al país”.
Paradójicamente, esas reacciones confirmaron la lectura política del performance. Si no hubiera habido mensaje, no habría habido indignación.
El final del show fue una imagen destinada a la historia: Bad Bunny levantando la bandera de Puerto Rico mientras sostenía el balón con el mensaje continental.
Fue una reivindicación clara de la isla dentro del relato americano, recordando su condición política ambigua y su enorme peso cultural dentro de EE. UU.
Reguetón, dembow, ritmos caribeños y español dominaron un escenario que históricamente ha priorizado el pop y el rock anglosajón. La prensa internacional coincidió en una lectura: el halftime reivindicó el alma latina de Estados Unidos, no como moda, sino como realidad estructural.
El gran mérito del show fue su forma. No hubo eslóganes electorales ni discursos clásicos. Hubo símbolos, coreografías, idioma, silencios y decisiones estéticas.
Esto encaja con la carrera de Bad Bunny como figura del “reguetón de resistencia”: orgullo boricua, defensa del migrante, crítica a la exclusión y una visión de América como comunidad de pueblos.
La elección de un artista latino urbano fue clave para atraer audiencias jóvenes e hispanas, fundamentales en la era del streaming.
En redes sociales, el impacto fue aún mayor:
El halftime no solo se vio: se discutió, se peleó y se defendió en tiempo real.
Para la NFL, el resultado fue estratégico: rejuvenecimiento de audiencia, diversificación cultural y una conversación global amplificada. La alianza con Apple Music y Roc Nation demostró que el halftime es hoy una palanca cultural, no solo musical.
Para las marcas —con spots que superaron los 10 millones de dólares por 30 segundos—, la polarización elevó el valor de visibilidad. Y para Bad Bunny, el impacto fue doble: capital simbólico y capital económico, difícilmente replicable por otro escenario.
Aquí está la tabla comparativa de los shows de medio tiempo del Super Bowl ordenados por audiencia de mayor a menor:
| Posición | Super Bowl / Año | Artista(s) | Audiencia (millones) | Notas destacadas |
| 1️⃣ | LIX – 2025 | Kendrick Lamar | 133.5 M | Récord histórico de show más visto de todos los tiempos. |
| 2️⃣ | LVIII – 2024 | Usher | 123.4 M | Con invitados especiales y enorme alcance. |
| 3️⃣ | LVII – 2023 | Rihanna | 121 M (ajustado) | Halftime masivo con impacto cultural; récord de audiencias en su momento. |
| 4️⃣ | XLIX – 2015 | Katy Perry | 118.5 M | Récord importante antes de los grandes shows modernos. |
| 5️⃣ | LIV – 2020 | Shakira & Jennifer Lopez | 103 M (estimado) | Show latino emblemático previo a Bad Bunny. |
| — | LX – 2026 | Bad Bunny + invitados | Proyección: >142 M+ | Proyección supera a Shakira/J.Lo y apunta a competir con los mayores récords históricos. |
El récord actual del show de medio tiempo más visto lo tiene Kendrick Lamar (Super Bowl LIX – 2025) con 133.5 millones de espectadores promedio, superando incluso las audiencias del partido.
Antes de Lamar, artistas como Usher y Rihanna marcaron cifras que aún figuran en el top histórico.
El espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX de Bad Bunny se visualiza que va establer un nuevo récord histórico de audiencia , con un estimado de 142.3 millones de espectadores , la cifra más alta en la historia del Super Bowl. Esta cifra se calcula combinando los ratings de la televisión tradicional, las cifras oficiales de streaming, la audiencia móvil y la audiencia fuera de casa en bares o lugares públicos. Todas estas fuentes se combinan en una sola cifra, por lo que los espectáculos de medio tiempo modernos alcanzan cifras significativamente más altas que en años anteriores.
Según datos de escucha en tiempo real de Apple Music. El número de oyentes simultáneos de Bad Bunny se disparó inmediatamente después del medio tiempo, consolidando la actuación de la superestrella mundial como uno de los momentos musicales más comentados del año.
El Super Bowl 2026 dejó una verdad imposible de ignorar: ya no estamos sentados en la grada de la historia; estamos en el centro del escenario. Bad Bunny no pidió permiso, no pidió traducción, no rebajó su identidad para encajar. Hizo exactamente lo contrario: la elevó. En español, con bandera, con memoria y con orgullo.
Para América Latina y para nosotros, los dominicanos el mensaje es claro y profundamente incómodo a la vez: cuando una cultura se reconoce a sí misma sin complejos, se convierte en poder real. Poder simbólico, poder económico, poder político. Y cuando millones miran, reaccionan y discuten, el relato deja de pertenecer a unos pocos.
El halftime de Bad Bunny no fue solo música ni provocación. Fue una declaración colectiva. Un recordatorio de que América también habla español, también puede emigra, también resiste… también decide cómo quiere ser contada y también decide cómo quiere ser representada.
Y aquí la pregunta que queda flotando —la que debería perseguirnos después de apagar el televisor— es simple pero incómoda:
Si otros se atreven a contar su historia en el escenario más grande del mundo, ¿por qué nosotros seguimos dudando en contar la nuestra?