Opinión. Martes, 04 de Marzo, 2025
De repente, Estados Unidos y Rusia –(dos de los tres países imperiales de mayor historial genocida, con bombas nucleares incluidas)- se han puesto de acuerdo para controlar sus respetivos patios traseros y, como aquellas multinacionales del siglo pasado, explotar sus recursos naturales. Solo que esta vez no se trata de guineos o caña de azúcar, sino de recursos estratégicos fundamentales para el mundo tecnológico en que vivimos, tierras raras, por ejemplo.
Todo ocurre bajo la amenaza de deponer gobiernos y hundir economías con el pretexto -ahora al fin lo sabemos- de “defender la democracia” o “luchar contra la corrupción”. Para hacerlo, no solo cuentan con el Departamento de Estado que por aquí tanto hemos padecido, sino también con “los tres jinetes del apocalipsis”, la oligarquía tecnológica que Musk, Zuckerberg y Bezos representan.
Lo más grave es que todo esto se realiza desde el mismísimo Despacho Oval, en vivo, sin disimulo, ni “lubricación” diplomática o jurídica alguna. (Algún día, el Partido Demócrata gringo tendrá que explicar al mundo, de dónde C.… sacó esa “vocación Shakira” de ser “brutos ciegos, sordomudos, torpes, trastes, testarudos”.
Lo ocurrido el pasado viernes con el presidente de una Ucrania, víctima del plan ruso para recuperar los territorios perdidos con la desaparición de la URSS, son los “trailers” de la nueva era Trump, donde el derecho, la razón, y sobre todo la verdad, importan poco, casi nada.
Trump acelerará la decadencia estadounidense, y al hacerlo podría arrastrar al resto del planeta, con lo que eso significa en un mundo donde la tecnología no tiene imposibles y está disponible para quien pueda pagarla, cada vez menos costosa.
La alianza Trump-Putin, que saca a la pusilánime Europa del juego imperial, envía al resto de los pueblos del mundo, que no son China y su zona de influencia, una advertencia de imperio: “Vamos a por ti”. Y nadie duda que vendrán, lo harán, no solo irrespetando soberanías, leyes, dignidades, sino humillando públicamente en directo a quien ose contradecirlos. Ya lo vimos.
Por experiencia ya vividas en Santo Domingo, Vietnam o Afganistán, gringos y rusos deberían aprender del pasado y temer “a las ganas de morirse, (…) a la cólera infinita” que a veces surge en el alma desesperada y en el indignado corazón de los pueblos humillados del mundo. Ocupen su localidad. La tercera guerra mundial acaba de empezar.