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Carta pública al presidente Abinader: no permita legalizar el saqueo municipal

Por Ramón Peralta

Opinión. Martes, 13 de Enero, 2026

Señor presidente Luis Abinader,

Luego de expresarle mis más sinceros deseos de salud, éxito y larga vida, me dirijo respetuosamente a usted para alertarlo sobre los lobos disfrazados de ovejas que intentan mancillar su legado.

Usted llegó al poder con una bandera incómoda para muchos de enfrentar la corrupción en un país donde la corrupción siempre ha tenido más padrinos que la honestidad y la transparencia. Desde su llegada al Palacio Nacional ha dado muestras, a veces solitarias, a veces costosas, de que no quiere pasar a la historia como un presidente indiferente frente al saqueo del dinero público. Su obsesión de terminar bien y dejar un legado distinto es totalmente clara

Precisamente por eso lo ocurrido recientemente en el Senado de la República no puede pasar como un simple trámite legislativo, más bien se enmarca como una traición directa  a usted y la causa enarbolada por su partido en el 2020 .

Duele en el alma que un presidente decidido a luchar contra el mal manejo de los fondos, un presidente que se ha ganado el respeto y el cariño de la sociedad, sea apuñalado en la oscuridad, con acechanza y alevosía, por alcaldes que, sin el liderazgo de usted, hoy serían desechos políticos condenados al ostracismo de la derrota.

Mientras el país aún arrastra el dolor y la indignación por  casos como  el de SENASA  y otros escándalos de corrupción que han erosionado la confianza ciudadana, una banda de alcaldes insaciables decidió mover sus fichas. No hablamos de servidores públicos ejemplares ni de gestores transparentes. Esta banda está encabezada por un alcalde cuya gestión se ha caracterizado por la opacidad, la falta de transparencia y las peores prácticas administrativas, convertido en símbolo de todo lo que la municipalidad dominicana no debe ser.

Ese alcalde , campeón del desorden administrativo y la oscuridad en el manejo de los fondos públicos, no fue solo. Arrastró a otros. Y juntos tocaron la puerta del Senado. Allí encontraron oídos atentos y voluntades dóciles. El resultado fue la aprobación unánime de una modificación legal que no busca ordenar a los ayuntamientos, sino blindar a quienes los usan como botín; ojalá esos alcaldes no hayan usado en el Senado métodos que algunos alcaldes aplican en sus concejos de regidores.

Perdone mi franqueza, señor presidente, al afirmar, como saben todos los ciudadanos con dos dedos de frente, que esa modificación al artículo 21 de la Ley 176-07 legaliza el saqueo de los fondos municipales.

Si aun con la amenaza de cárcel, inhabilitación y persecución penal muchos alcaldes violaban la ley, ¿qué puede esperarse ahora que se les ha eliminado ese riesgo? La respuesta es tan simple como brutal: más abuso, más descaro y menos pudor.

La nueva ley viene maquillada con lenguaje técnico, porcentajes y palabras que suenan bien en discursos, como ‘límites’ y ‘control’. Incluso trae una supuesta sanción estrella, la destitución. Pero, presidente, usted gobierna este país, no un paraíso de ángeles. Sabe que en la República Dominicana el alcalde casi siempre cuenta con mayoría automática de regidores. Y cuando no, el mercado político hace su trabajo sucio, transformando a regidores de oposición en alabarderos, tumba polvo y defensores a sueldo del alcalde, gracias a prebendas, contratos y favores.

Aquí, la fiscalización en los concejos de regidores es una relación de siervos que se lamen el piso por donde camina el alcalde.
Por eso, la destitución no es una sanción, sino un caramelo legislativo para ingenuos, una amenaza sin dientes administrada por quienes ya están política y económicamente comprometidos con el acusado. En buen dominicano, la destitución de un alcalde corrupto queda en manos de sus cómplices, quienes serían los jueces del delito que ellos mismos ayudaron a cometer.

Pero el golpe maestro de esta ley está en otro punto, mucho más grave: la eliminación de la acción penal. Con un solo trazo se borra  el miedo. La Ley 176-07 original tenía fallas, sí, pero tenía la posibilidad real de cárcel, de inhabilitación, de acción del Ministerio Público, de auditorías que encendieran procesos, de ciudadanos que pudieran querellarse. Eso incomodaba. Eso dolía. Eso frenaba aunque sea mínimamente.

Con el nuevo proyecto de ley, no hay freno. De aprobarse en la Cámara de Diputados y promulgarse, el alcalde sabe que haga lo que haga no irá preso, que no tendrá que mirar a un juez penal y que lo peor que puede ocurrirle es una destitución políticamente imposible. En términos prácticos, la ley le envía un mensaje claro: gasten, roben sin miedo, repartan y violen los porcentajes, que aquí no pasa nada.

Como si fuera poco, la reforma permite que hasta un 75 % del presupuesto municipal se destine a gasto corriente, con nóminas infladas, botellas y clientelismo elevado a política pública. La comunidad recibe las sobras, apenas un 25 % para inversión, que el alcalde puede reducir con total impunidad y sin ninguna sanción penal. Calles rotas, aceras inexistentes, drenajes colapsados y mercados abandonados mientras el dinero público se evapora en sueldos, favores y corrupción.

Presidente Abinader, la aprobación unánime de esta modificación en el Senado constituye una traición política. No solo a la ciudadanía, sino a usted y al discurso que lo llevó al poder. A quienes impulsaron esta ley no les importa cómo termine su gobierno ni cuál sea su legado. Les importa protegerse, blindarse y seguir operando sin consecuencias.

En caso de aprobarse en la cámara de diputados, usted  tendrá  la última palabra. El veto presidencial no sería un gesto simbólico: sería una señal histórica. No permita que en su mandato se legalice el saqueo municipal ni que una banda de alcaldes, encabezada por el emblema de la opacidad, marque el rumbo de la institucionalidad dominicana.

Porque cuando la impunidad se escribe en la ley, la corrupción deja de ser un delito para convertirse en política de Estado.
Y cuando eso ocurre, señor presidente, la historia no perdona.

Con respeto  y admiración

Ramón Peralta

 

Ciudadano de SDE