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Cuando rendirse no es opción

Por Josefina Fernández

Opinión. Martes, 21 de Abril, 2026

En República Dominicana, solo alrededor del 2.6% de la población tiene una maestría o posgrado, según datos recientes del ONE RD. Es una cifra pequeña, casi invisible. Pero detrás de ese porcentaje hay historias que ningún informe puede contar.

Esta es la mía. Hace casi una década me gradué de abogada en la UASD. Este viernes 24 de abril, a los 40 años y con cuatro hijos, dos de ellos menores de siete, regreso a esa misma universidad a recibir mi maestría en Derecho y Relaciones Internacionales. Entre esos dos momentos no hay solo años. Hay decisiones difíciles, noches largas, dudas enormes y una pregunta que me hice muchas veces: ¿vale la pena seguir?
Siempre encontré una razón para responder que sí.No lo digo por orgullo. Lo digo porque hubo momentos en que yo misma dudé de si podría. Momentos en que el camino no era solo difícil, sino oscuro. Años en que sostener la vida cotidiana ya era suficiente batalla como para pensar en sueños propios. Viví de cerca lo que significa que alguien que debía protegerme se convierta en el primer obstáculo. Y desde ese lugar tuve que aprender a reconstruirme, a creer de nuevo en mí misma, y a decidir una y otra vez que mis hijos merecían ver a su madre de pie. Por eso este logro no se siente solo como un título. Se siente como una respuesta.

Ser parte de ese 2.6% no me hace especial en lo esencial. Me hace consciente. Consciente de que en este país apenas entre el 10% y el 15% logra completar estudios universitarios. Consciente de que cada año miles de personas abandonan el camino, no por falta de capacidad, sino por el peso de la vida.
Y en ese camino, las mujeres dominicanas han cargado más que nadie. Entre 2020 y 2024, alrededor del 65% al 69% de los egresados de educación superior han sido mujeres. Son ellas quienes sostienen buena parte del avance educativo del país. Pero también son ellas quienes enfrentan las cargas invisibles: el embarazo, los hijos, la casa, el trabajo, la economía, y la expectativa social de hacerlo todo sin quejarse y sin fallar.

Se calcula que entre un 25% y un 35% de las madres universitarias enfrentan pausas o abandonos en su trayectoria académica. No por falta de inteligencia. Por exceso de responsabilidades que nadie más asume.
Yo lo viví. Y por eso entiendo que terminar no siempre es una hazaña individual. A veces es simplemente sobrevivir el día a día sin soltar el sueño.
Hoy quiero hablarle directamente a esa mujer que siente que ya es tarde, que ya es mucho, que ya es demasiado lo que carga. No es tarde. Y lo que cargas no te define como límite, te define como fuerza.

A la mujer que limpia una oficina, que sirve un café, que trabaja en una zona franca, que maneja un pequeño negocio desde su casa, que cría sola a sus hijos: su valor no se mide en diplomas. Cada una, desde donde está, está construyendo país. Eso también es educación. Eso también importa.
Y a mis hijos, que han crecido viéndome estudiar entre pañales, tareas escolares y noches cortas, quiero decirles algo que hoy entiendo con claridad que nunca fueron un obstáculo. Fueron la razón más poderosa para no detenerme.

Y hay algo más que necesito decir, porque sería deshonesto callarlo. Detrás de muchas mujeres que no llegan, que se detienen, que no terminan, no hay solo pobreza ni falta de tiempo. A veces hay un hombre que no las dejó. Que las redujo. Que les hizo creer que no podían, que no valían, que no era para ellas.

El verdadero hombre no es ese. El verdadero hombre es el que respeta, el que protege, el que reconoce a la mujer como su igual. El que entiende que el respeto no es un favor, sino una obligación moral. El que levanta, no el que aplasta.
A los hombres que leen esto les pido que lo piensen en serio. No como un discurso, sino como una pregunta personal: ¿la mujer que está a tu lado puede crecer contigo, o tiene que elegir entre crecer y estar contigo?

Hoy, mientras termino de escribir esto, siento dos cosas al mismo tiempo: el cansancio de quien ha caminado mucho, y la paz de quien llegó a donde quería.
Dos títulos de la UASD. Cuatro hijos. Cuarenta años. Y la certeza de que nada de esto fue fácil, pero todo valió la pena. Este logro no es solo mío. Es de todas las personas que, con título o sin él, siguen construyéndose cada día.
Porque al final, la educación no solo se mide en grados académicos.

Se mide en la capacidad de no rendirse.
Y eso, en mi país, también es parte del 2.6%