Opinión. Lunes, 06 de Abril, 2026
Regresamos de la Semana Santa —tiempo de recogimiento, fe y reflexión— para encontrarnos con un mundo más convulsionado que el que dejamos hace apenas unos días. El Medio Oriente arde nuevamente, las tensiones escalan con amenazas cruzadas, el barril de petróleo ronda niveles preocupantes, y la sombra de una posible recesión global vuelve a asomarse en el horizonte.
Uno se pregunta, con sinceridad: ¿qué le está pasando a la humanidad?
Sin embargo, en medio de este panorama inquietante, no podemos perder lo esencial: la fe. La historia nos ha enseñado que incluso en los momentos más oscuros han surgido mentes de conciliación capaces de encontrar puntos de armonía donde parecía imposible. Hoy más que nunca necesitamos creer que prevalecerá la razón sobre la destrucción.
Porque si este conflicto continúa escalando, los riesgos son claros: reajustes geopolíticos, presiones electorales en grandes potencias, acuerdos de paz forzosos, y —lo más doloroso— pérdidas humanas y materiales incalculables en una región que, tristemente, nunca ha conocido una paz duradera.
La Biblia nos recuerda, en relación al pueblo de Israel: “El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?” (Salmo 27:1), y también nos advierte: “Busquen la paz y síganla” (Salmo 34:14). Son palabras que trascienden el tiempo y que hoy cobran una vigencia estremecedora.
Tal vez estamos frente a fuerzas y dinámicas que superan el control humano inmediato. Pero precisamente ahí es donde entra lo superior, lo divino, lo que guía aun cuando no entendemos. No todo está en manos del hombre, y eso, lejos de alarmarnos, debe llamarnos a la humildad y a la oración.
Que esta Pascua no haya sido solo una pausa, sino un recordatorio: después del sacrificio viene la esperanza, y después del caos, si perseveramos, puede renacer la paz.
Hoy más que nunca, tengamos fe. Amén