Opinión. Viernes, 06 de Febrero, 2026
En el año 2023, viajé a Viena con una delegación de la alcaldía de mi ciudad para participar en una actividad llamada Puente entre ciudades. Después de escuchar al alcalde de mi pueblo hablar con palabras que provocaron admiración y elogios en uno de los salones del imponente Centro Internacional de Viena, una de las cuatro sedes principales de la ONU, junto a Nueva York, Ginebra y Nairobi, me retiré al modesto hotel donde me hospedaba.
Era un hotel sencillo, con pasillos que olían a frutas secas y madera centenaria . En el lobby, entre murmullos y maletas rodando, conocí a tres jóvenes portugueses de Oporto: dos chicas y un muchacho. Mi portugués era vacilante y torpe, una mezcla con el español que hacía que mis frases sonaran a trabalenguas. Ellos, curiosos e inquietos, me preguntaban por qué en su asignatura de Derecho Económico Internacional les habían encargado un trabajo sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Según ellos, aquello no tenía sentido: ¿qué tenía que ver el derecho económico global con una lista de metas sobre pobreza, educación, salud o clima?
Intenté opinar, pero mi voz se perdió entre las dudas de la discusión. Fue entonces cuando apareció la pareja: Olof Karlsson, un abogado sueco de mirada penetrante, y su esposa, Hannah Moser, doctora en historia y vienesa de nacimiento. Ambos hablaban portugués y español con la fluidez de quienes han vivido entre idiomas toda la vida. Comenzaron a explicar, y sus palabras fueron un calmante en contra del dolor causado por ignorancia acumulada
La adopción de los Objetivos de Desarrollo Sostenible por la ONU en 2015 no era un simple catálogo de deseos, dijeron, sino un punto de inflexión que transformaba la manera en que el mundo entendía el desarrollo. La Agenda 2030 no solo planteaba metas sociales y ambientales, sino que exigía cambiar las estructuras económicas internacionales. Y allí, en ese tejido de normas y acuerdos, el Derecho Económico Internacional se convertía en un instrumento vital para convertir los ideales en realidad.
Nos hablaron de comercio, inversión y financiamiento internacional, de la inserción de los países en los mercados globales, del trato especial a los más vulnerables y de cómo la inversión extranjera, antes ciega al desarrollo, empezaba a incluir cláusulas sobre sostenibilidad, medio ambiente y derechos laborales. Nos contaron cómo los ODS se enlazaban con cada tratado, con cada regulación, con cada decisión financiera que afecta la vida de millones. Y la exposición de Olof y Hannah se volvió casi una melodía, un canto a la interconexión entre justicia y economía, entre ética y poder.
Cuando terminaron, los tres jóvenes y yo aplaudimos. Celebramos no solo por la claridad de sus palabras, sino por la belleza de la manera en que lo explicaban, como si las leyes y los objetivos fueran versos entrelazados. Luego, cada uno volvió a su rutina, yo me retiré a mi habitación con un sentimiento extraño, mezcla de alegría y de tristeza. Alegría por haber conocido a personas de otra cultura, tristeza por la certeza de que había entendido solo a medias, y por fingir que comprendía todo perfectamente.
Desde el bar del hotel, las chicas portuguesas reían y bromeaban sobre la incomprensible relación entre los ODS y el Derecho Económico Internacional. La risa se elevaba y se incrustaba. Entraba por los oídos de los parroquianos como una astilla húmeda, insistente, y descendía hasta la nuca, donde el cuerpo empezaba a tensarse sin saber por qué. Acostumbrados a hablar en voz baja, a deslizar las palabras para no rozar a los otros, sentían en aquella risa una violencia inesperada, una tortura ruidosa que hacía vibrar los vasos y endurecía la respiración.
La risa tenía temperatura. Calentaba el aire, lo volvía pesado, obligaba a tragar saliva. Algunos cerraban los ojos; otros apretaban la mandíbula, como si así pudieran defenderse del ruido. Yo permanecía despierto, con el silencio golpeándome por dentro, dejando que el asombro y la frustración se mezclaran en el pecho con un sabor metálico. Tiago, en cambio, dormía en su habitación, envuelto en un sueño compacto, inmune a todo, protegido por esa ignorancia que a veces es una forma secreta de felicidad.
La noche se iba gastando lentamente, y en ese desgaste convivían la risa que hería, el sueño que aislaba y mi vigilia alerta, como si el tiempo hubiera decidido no avanzar, sino quedarse allí, palpitando en los oídos y en la piel.
En aquel instante comprendí que la comprensión absoluta no siempre era necesaria; a veces bastaba con abrirse al mundo, escuchar, y permitir que la maravilla de lo desconocido nos tocara, aunque fuera solo un poco, aunque fuera solo desde la orilla de la convicción.
Hoy, un día cualquiera del mes de febrero, en el mismo tiempo en que creí comprender la relación secreta entre el Derecho Económico Internacional y los Objetivos de Desarrollo Sostenible, miro mi ciudad con un dolor que no encuentra descanso. La voracidad infernal y la opacidad invaden los bolsillos de emprendedores y comerciantes como criaturas hambrientas, arrancándoles la escasa ganancia que obtienen con sudor, con trabajo duro, con sacrificios que todavía conservan una ética frágil pero obstinada.
Hoy, cuando el infierno administra mi ciudad, comprendo que los Objetivos de Desarrollo Sostenible se han vuelto una promesa imposible, una palabra dicha en voz alta para no oír el crujido húmedo de lo real al quebrarse bajo los pies. El derecho económico, despojado de toda intención justa, se ha hundido en un pozo sin fondo donde la improvisación y la opacidad respiran, y desde esa profundidad se alimenta, lento y voraz, de aquello que todavía late. La ciudad continúa en pie, pero su aire es maloliente, cargado de vertederos podridos que parecen ataúdes diseminados por toda la ciudad. Hoy, cada ciudadano siente que esa obscuridad enfermiza le ha quitado algo esencial y le ha hundido en las entrañas algo que raspa el estómago y quema por dentro.