Opinión. Martes, 17 de Febrero, 2026
Ahora ha bajado la intensidad. Ya pasaron los titulares, los clips virales y las opiniones apresuradas. La conversación perdió el tono incendiario y podemos mirar con más calma lo ocurrido. Vale la pena, entonces, hacer una reflexión en frío sobre la entrevista de Tania Báez en Noche de Luz, conducido por Luz García.
La conversación me pareció profunda y honesta. Hacía mucho tiempo que no me sentaba a ver un contenido sin ningún tipo de interrupciones. En la entrevista, que duró una hora y nueve minutos, Tania habló de producción televisiva, del estado actual de los medios dominicanos, de la calidad de los contenidos y de los desafíos que enfrenta la industria. Compartió reflexiones sobre su trayectoria, sobre su capacidad de reinvención, sobre su nuevo proyecto, una obra teatral, y sobre la responsabilidad que implica comunicar en tiempos de inmediatez y sobreexposición.
También habló de su vida personal, sí. De uno de los períodos más difíciles que le ha tocado atravesar: el cáncer de su madre, la muerte de su padre y, casi de manera consecutiva, un divorcio. Tres procesos profundamente humanos que cualquiera reconocería como determinantes en la vida de una persona.
Sin embargo, gran parte de la cobertura posterior redujo la entrevista a un solo eje: su estatus sentimental y los “requisitos” que debería tener un hombre para estar con ella, que a mi juicio fueron respuestas bastante atinadas.
Pero lo más preocupante no fueron sólo los titulares. Fue el coro de opiniones, desde medios, comunicadores, comentaristas e incluso profesionales de la salud mental, que secundaron una narrativa peligrosa: que una mujer que sobrepasa cierta edad, particularmente los 60 años, no está en posición de exigir, sino de agradecer. Agradecer la atención. Agradecer la compañía. Agradecer que alguien la elija.
Esa idea no es anecdótica. Es profundamente reveladora. Refleja la mirada que aún persiste en nuestra sociedad sobre las mujeres que envejecen, y está respaldada por evidencia empírica reciente. En marzo de 2024, el Centro de Investigación para la Acción Femenina (CIPAF) publicó un estudio sobre los enfoques machistas en los medios de comunicación dominicanos, investigación que coordiné y que cuenta con la coautoría de la periodista Millizen Uribe y la productora Jolie Ventura.
El monitoreo evidenció representación desigual, discursos machistas que se extienden desde los contenidos hasta la conformación de los equipos de conducción, producción y liderazgo, así como en la visibilidad frente a la audiencia. Los hallazgos muestran cómo la voz de las mujeres es sistemáticamente subordinada o invisibilizada.
Este estudio no es un dato aislado, sino una señal de la profundidad estructural de los sesgos mediáticos que normalizan representaciones desiguales, marginan las perspectivas femeninas e invisibilizan los aportes profesionales de las mujeres, especialmente cuando ya no encajan en los estereotipos juveniles o románticos impuestos por la industria y el consumo informativo.
Resulta aún más inquietante cuando esos comentarios provienen de otras mujeres que, si la vida se los permite, también envejecerán. Porque el edadismo y la misoginia no discriminan por profesión ni por popularidad; es una estructura cultural que termina alcanzándonos a todas y todos.
Este tipo de posicionamientos no se queda en el plano del comentario ligero. Se conecta directamente con las barreras reales que enfrentan las mujeres al sobrepasar cierta edad: precariedad laboral, invisibilización en espacios públicos, limitaciones en el acceso y diseño de políticas pensadas para una población que envejece sin que el Estado y la sociedad avancen al mismo ritmo.
La idea de que una mujer mayor debe “agradecer” en lugar de elegir es la misma lógica que luego normaliza su exclusión del mercado laboral, su ausencia en posiciones de liderazgo o la falta de infraestructura adecuada para las personas que entran en la tercera edad.
Y entonces la pregunta cambia. Ya no es qué dijo Tania sobre los hombres. Es qué dice de nosotros la reacción colectiva.
Porque si la entrevista hubiese sido cubierta desde otro ángulo, quizás los titulares pudieron ser distintos. Por ejemplo:
Todos esos enfoques estaban ahí. Formaban parte de la conversación. Pero no fueron los que dominaron la narrativa.
No se trata de censurar preguntas ni de negar que la vida sentimental pueda ser parte de una entrevista. Se trata de cuestionar por qué, ante una conversación rica en contenido profesional y humano, elegimos amplificar el fragmento que refuerza estereotipos.
La controversia ya pasó. El ruido bajó. Lo que queda es la oportunidad de revisar cómo consumimos información, cómo titulamos y cómo interpretamos la autonomía femenina, especialmente cuando ya no responde a los parámetros de juventud.
Si aspiramos a una conversación pública más madura, también debemos dejar atrás la idea de que el valor de una mujer disminuye con los años. Porque envejecer no es perder poder; es acumular experiencia. Y la experiencia, en cualquier sociedad que aspire a crecer, debería ser un activo, no un motivo de burla o condescendencia.
Tal vez el verdadero aprendizaje de esta polémica no está en lo que respondió Tania Báez, sino en lo que la reacción colectiva dejó al descubierto.
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La entrevista de Tania Báez habló de medios, producción, reinvención y resiliencia. Sin embargo, gran parte de la conversación pública se enfocó en su vida sentimental y en la idea peligrosa de que después de cierta edad una mujer no puede “exigir”, sino “agradecer”.
Eso no es casualidad. Es una narrativa que revela cómo seguimos mirando a las mujeres cuando envejecen.
En marzo de 2024, el estudio monitoreo del CIPAF sobre enfoques machistas en medios dominicanos evidenció representación desigual y patrones estructurales de invisibilización. Lo que vimos en esta controversia no es un hecho aislado: es parte de una cultura mediática que todavía tiene tareas pendientes.
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Ahora ha bajado la intensidad. Ya pasaron los titulares, los clips virales y las opiniones apresuradas. La conversación perdió el tono incendiario y podemos mirar con más calma lo ocurrido. Vale la pena, entonces, hacer una reflexión en frío sobre la entrevista de Tania Báez en Noche de Luz, conducido por Luz García.
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La conversación me pareció profunda y honesta. Hacía mucho tiempo que no me sentaba a ver un contenido sin ningún tipo de interrupciones. En la entrevista, que duró una hora y nueve minutos, Tania habló de producción televisiva, del estado actual de los medios dominicanos, de la calidad de los contenidos y de los desafíos que enfrenta la industria.
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También habló de su vida personal, sí. De uno de los períodos más difíciles que le ha tocado atravesar: el cáncer de su madre, la muerte de su padre y, casi de manera consecutiva, un divorcio. Tres procesos profundamente humanos que cualquiera reconocería como determinantes en la vida de una persona.
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Sin embargo, gran parte de la cobertura posterior redujo la entrevista a un solo eje: su estatus sentimental y los “requisitos” que debería tener un hombre para estar con ella, que a mi juicio fueron respuestas bastante atinadas.
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Pero lo más preocupante no fueron sólo los titulares. Fue el coro de opiniones, desde medios, comunicadores, comentaristas e incluso profesionales de la salud mental, que secundaron una narrativa peligrosa: que una mujer que sobrepasa cierta edad, particularmente los 60 años, no está en posición de exigir, sino de agradecer. Agradecer la atención. Agradecer la compañía. Agradecer que alguien la elija.
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Resulta aún más inquietante cuando esos comentarios provienen de otras mujeres que, si la vida se los permite, también envejecerán. Porque el edadismo y la misoginia no discriminan por profesión ni por popularidad; es una estructura cultural que termina alcanzándonos a todas y todos.
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Este tipo de posicionamientos no se queda en el plano del comentario ligero. Se conecta directamente con las barreras reales que enfrentan las mujeres al sobrepasar cierta edad: precariedad laboral, invisibilización en espacios públicos, limitaciones en el acceso y diseño de políticas pensadas para una población que envejece sin que el Estado y la sociedad avancen al mismo ritmo.
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Y entonces la pregunta cambia. Ya no es qué dijo Tania sobre los hombres. Es qué dice de nosotros la reacción colectiva. Porque si la entrevista hubiese sido cubierta desde otro ángulo, quizás los titulares pudieron ser distintos. Por ejemplo:
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Si aspiramos a una conversación pública más madura, también debemos dejar atrás la idea de que el valor de una mujer disminuye con los años. Porque envejecer no es perder poder; es acumular experiencia. Y la experiencia, en cualquier sociedad que aspire a crecer, debería ser un activo, no un motivo de burla o condescendencia.