Opinión. Lunes, 02 de Marzo, 2026
Cada año miles de familias dominicanas reciben una llamada que nadie quiere contestar. Un accidente de tránsito. Una emergencia. Una vida que cambió en segundos. Las cifras reflejan la magnitud del problema: en 2024 murieron alrededor de 2,971 personas en accidentes de tránsito en República Dominicana y, aunque en 2025 la cifra bajó a cerca de 1,994 fallecidos, el país continúa enfrentando uno de los desafíos de seguridad vial más serios de la región.
Detrás de esos números hay un detalle que muchas veces pasa desapercibido: una parte importante de esos vehículos no circulaba por ocio, sino por trabajo. Transporte de mercancías, servicios técnicos, distribución, transporte de personal y logística forman parte de la actividad diaria de miles de empresas que, sin darse cuenta, también gestionan un riesgo vial.
Cada día conductores salen a las calles representando a una organización. Manejan camiones, motocicletas de servicio, flotas corporativas o vehículos de transporte de empleados. Sin embargo, pocas empresas se detienen a hacerse una pregunta clave: ¿esa persona realmente está en condiciones de conducir de forma segura hoy?
Durante mucho tiempo la seguridad vial se ha centrado en el estado del vehículo, las normas de tránsito o la experiencia del conductor. Pero la evidencia apunta a un elemento determinante en la mayoría de los siniestros: el factor humano. La fatiga, el estrés, los problemas visuales o la disminución de la atención pueden convertir una jornada laboral normal en un escenario de alto riesgo.
El problema es que muchos de estos factores no se ven. Un conductor puede tener licencia vigente y años de experiencia, pero aun así presentar condiciones que afectan su capacidad de reaccionar a tiempo ante un imprevisto.
Aquí es donde las evaluaciones psicotécnicas y sensométricas adquieren relevancia. Estas herramientas permiten medir capacidades clave para la conducción segura, como el tiempo de reacción, la coordinación, la atención sostenida o las condiciones visuales y auditivas necesarias para responder ante una emergencia en la vía. No se trata de evaluar si alguien sabe manejar, sino de determinar si está realmente apto para hacerlo en condiciones reales de riesgo.
Cuando las empresas comienzan a aplicar este tipo de evaluaciones suelen descubrir situaciones que antes pasaban desapercibidas: problemas visuales no detectados, tiempos de reacción por encima del estándar o dificultades para mantener la atención en trayectos largos. Lo más preocupante es que muchos de estos conductores llevaban años operando sin que nadie lo supiera.
Esto no significa que el conductor sea el problema, sino que durante mucho tiempo las organizaciones han tomado decisiones sin suficiente información. Las condiciones físicas, cognitivas y emocionales cambian con el tiempo, y sin medición objetiva el riesgo permanece oculto.
En un país donde los accidentes de tránsito representan uno de los mayores desafíos de seguridad pública, ignorar este factor puede tener consecuencias humanas y económicas importantes. Por eso cada vez más empresas están entendiendo que evaluar a sus conductores no es un trámite, sino una forma de anticipar riesgos y proteger vidas.
La pregunta es simple, pero incómoda:
¿Estamos seguros de que quienes conducen nuestros vehículos están realmente en condiciones de hacerlo?
En seguridad vial, muchas veces el accidente no aparece de la nada. Se viene construyendo en silencio mucho antes de ocurrir.