Opinión. Lunes, 06 de Abril, 2026
Nadie va al cine con la intención de sacar un manual de estrategia electoral de la película, El diablo viste a la moda. La mayoría llega por los tacones, las pasarelas y esa editora de moda que parece disfrutar haciendo sentir a todo el mundo diminuto. Pero hay quienes, después de años pateando calles en campañas y escuchando discursos en la cabeza del puente, descubren que debajo del brillo y las risas hay una radiografía de la psicología colectiva que vale más que cualquier análisis político tradicional.
La película, estrenada en 2006 con Meryl Streep al frente, sigue viva no por los vestidos que desfilan en pantalla, sino por lo que se esconde debajo. Dos décadas después, todavía funciona como un manual no escrito para quien quiera entender cómo se manda sin levantar la voz, cómo se domina sin explicaciones y cómo se sobrevive cuando el tablero cambia de un segundo a otro.
Miranda Priestly no grita, no persuade, no se justifica ante nadie. Su autoridad simplemente existe, y quienes la rodean lo saben antes de que abra la boca. En política, esa clase de presencia pesa más que todas las bocinas del gobierno de turno.
Al poder no le importa lo que sabes si no entiendes sus códigos. Andrea lo aprende cuando deja de juzgar y empieza a observar. En campaña, si el candidato llega a un barrio a imponer su relato sin escuchar el que ya existe, perdió antes de empezar.
Andrea cambia. Habla distinto, camina distinto, piensa distinto. La metamorfosis clásica de todo estratega es recortar bordes, suavizar gestos y construir una versión más digerible del personaje.
Pero ahí está la trampa. La película advierte algo que en el camino hacia la eficiencia se pierde identidad. Y cuando eso ocurre, el electorado lo huele antes de poder explicarlo, y el candidato cae sin entender por qué fracasó.
La política, como la moda de Miranda, tiene un idioma propio que no se aprende en ningún posgrado. Se aprende en la calle, en Katanga, en Los Tres Brazos, en las bancas de pelota y en los salones de belleza, donde las mujeres deciden sin saber exactamente qué están decidiendo y los hombres aprueban candidatos como quien firma un contrato sin leer la letra pequeña. Ese idioma vive en la mirada del votante que todavía no se ha vendido ni convencido, esperando, sin saberlo, que un candidato lo engañe con una mentira verdadera.