Opinión. Martes, 17 de Marzo, 2026
Todos los dominicanos deben sentirse orgullosos de la entrega patriótica de un grupo de peloteros que arriesgó todo por representar dignamente la bandera tricolor. Sin importar el resultado, son nuestros campeones. No cambiaríamos este equipo que nos representó en 2026 por ninguno de los que lleguen a la final. Incluso si en el futuro ganamos varios Clásicos, difícilmente otro equipo será recordado por su entrega en el terreno como el equipo de la patria en 2026.
Ese equipo perdió de pie, sin arrodillarse ante la potencia beisbolera más grande del planeta. Incluso cayó debido a una decisión arbitral injusta: un lanzamiento que pasó a seis pulgadas de la zona buena fue cantado como strike en el momento más decisivo del juego.
Geraldo Perdomo no será recordado como el villano que se ponchó en su último turno al bate. La patria recordará ese momento como el día en que, jugando para su país, decidió no hacer un swing desesperado a un mal lanzamiento que hubiera podido extender el juego. Sin embargo, el árbitro detrás del plato cantó strike y apagó la esperanza de un país que había puesto su fe en un ejército de peloteros decidido a darlo todo por la patria.
Sabemos también que nuestros muchachos cometieron errores mentales. En el béisbol, intentar llegar a tercera base de forma temeraria con dos outs casi siempre es una mala decisión, porque de cualquier manera se necesita un hit para anotar. Ese tipo de riesgo, muchas veces, no compensa.
El día antes del juego entre Venezuela y República Dominicana declaré en mis redes sociales que ese era el partido menos importante para nuestro equipo en el Clásico Mundial, y fui duramente criticado por decirlo. Mi análisis se basaba en que el equipo ya estaba clasificado para la siguiente ronda y, si iba a tropezar en algún momento para recordar que también es humano, ese era el único instante en que podía permitírselo.
Los cronistas deportivos dominicanos, motivados por la emoción y la entrega del equipo, muchas veces solo hacían preguntas acompañadas de elogios. En lugar de ayudar, esto podía provocar en algunos jugadores un triunfalismo exagerado y, en otros, una presión adicional, como si los estuvieran viendo como seres celestiales e invencibles. Pero tampoco podemos condenar a nuestros cronistas, ya que la entrega de esos muchachos convertía hasta al profesional más prudente en fanático.