Opinión. Martes, 27 de Enero, 2026
La brújula se ha roto. Lo que hoy vive la nación no es simplemente una crisis de gestión, sino un extravío moral que amenaza con socavar los cimientos mismos de nuestra convivencia.
Estamos ante un gobierno sin norte, una administración que parece navegar a la deriva mientras las tormentas de la inseguridad y la corrupción interna golpean con una fuerza inédita.
Lo que resulta más alarmante es el surgimiento de un fenómeno nunca antes visto en nuestra historia política: la elevación del compañerismo partidario por encima del bienestar nacional.
Históricamente, la política ha tenido sus sombras, pero hoy asistimos a una complicidad descarada. Los acontecimientos delictivos ya no solo acechan en las calles; han permeado el tren gubernamental. Sin embargo, la respuesta no es la depuración, sino el blindaje. Se protege al «compañero» no porque sea inocente, sino porque es pieza de un engranaje que no puede permitirse mostrar debilidad, aunque el costo sea la ética pública.
Un Pueblo de Luto y en el Abandono
Mientras en las altas esferas se brindan protecciones, en las calles el pueblo llora. No es un llanto retórico; es un dolor real por pérdidas familiares que se bifurcan en distintas causas:
La inseguridad desbordada que arrebata vidas en cada esquina.
Un sistema de salud precario que convierte enfermedades curables en sentencias de muerte.
La negligencia estatal que no logra garantizar lo básico: la vida.
Cada cifra en las estadísticas oficiales es una silla vacía en el hogar de una familia dominicana que siente que su gobierno le ha dado la espalda.
Quizás el punto más bajo de esta gestión se encuentre en los tribunales. Lo que deberían ser procesos rigurosos de rendición de cuentas se han transformado en espectáculos mediáticos.
«La justicia que se busca con cámaras y luces, pero sin pruebas ni sentencias firmes, no es justicia; es un circo romano diseñado para distraer a las masas mientras los verdaderos culpables negocian en la sombra.»
Los casos jurídicos actuales carecen de la solemnidad necesaria. Se filtran expedientes, se arman tramas novelescas y, al final, el resultado suele ser el mismo: el ruido ensordecedor de la impunidad.
Un país no puede sostenerse indefinidamente sobre el vacío. La falta de una visión clara, sumada a la descomposición de las instituciones, está creando un caldo de cultivo de indignación que ningún «compañerismo» político podrá contener.
El gobierno debe entender que el poder es un préstamo de la ciudadanía, no un cheque en blanco para el encubrimiento. Si no se retoma el rumbo, la historia no recordará a esta administración por sus promesas, sino por el silencio cómplice ante el dolor de su gente.