Opinión. Lunes, 02 de Febrero, 2026
En la cultura popular dominicana, siempre hemos dicho que «el que no sabe es como el que no ve». Pero en la política actual, parece que hemos pasado de la ceguera involuntaria a una epidemia de amnesia selectiva. Poncio Pilato está de moda, y no precisamente por su buen juicio, sino porque su técnica de lavarse las manos se ha convertido en el manual de instrucciones favorito de nuestro tren gubernamental.
“Pasamos del «Yo sé todo» al «Yo no fui»
Es curioso ver cómo cambia la memoria con la silla presidencial. Muchos de los que hoy dirigen el país, cuando estaban en la acera de enfrente, gritaban a los cuatro vientos que un Presidente era la figura mejor informada de la nación. Decían, y con razón, que al Palacio Nacional llega hasta el vuelo de una mosca.
Sin embargo, ahora que los escándalos estallan dentro de su propio patio, esa hipermetropía política se ha vuelto una catarata conveniente. Resulta que ahora, cuando un funcionario mete la pata o la mano, el Presidente «no sabía nada». Se lavan las manos con un jabón de inocencia impostada, dejando que el agua sucia corra hacia los niveles inferiores, mientras el pueblo mira el espectáculo con una mezcla de indignación y cansancio.
Pero Pilato no está solo en esta obra de teatro. El gabinete parece un elenco de magos: hacen aparecer contratos dudosos y desaparecer presupuestos, y cuando los pillan, la respuesta estándar es el silencio o el «yo solo seguía órdenes» o simplemente levanté la mano sin saber de qué se trataba.
En la República Dominicana estamos viviendo algo que rompe los esquemas: un compañerismo político que raya en la complicidad. Se cuidan las espaldas entre ellos con una lealtad que ya quisiera cualquier hermandad, mientras afuera, la gente de a pie se desangra. Porque no nos engañemos, cada vez que un funcionario se lava las manos, el agua sale manchada con el sudor de un pueblo que no aguanta más improvisación.
Lo que el Gobierno parece olvidar es que este pueblo ya no es el de antes. Estamos dolidos, sí. Hay familias que han perdido seres queridos por la inseguridad, por un sistema de salud que a veces parece una tómbola y por la falta de oportunidades. Ver que los casos de corrupción se manejan como un circo jurídico “muchas luces, muchas cámaras, pero al final pocos tras las rejas” es como echarle sal a una herida abierta.
La justicia no puede ser un show de temporada para calmar las redes sociales. No podemos seguir aceptando que la respuesta a los grandes problemas nacionales sea un «estamos investigando» que nunca llega a nada.
Señores, el jabón de Pilato se acaba. No se puede gobernar un país de espaldas a la realidad o fingiendo demencia ante los errores del «equipo».
El liderazgo no se trata solo de dar discursos bonitos o de inaugurar obras; se trata de asumir la responsabilidad cuando las cosas salen mal.
Si el norte sigue perdido y la impunidad sigue siendo el pegamento que une al tren gubernamental, llegará el día en que no habrá suficiente agua en el Caribe para que puedan lavarse las manos ante el juicio de la historia. El país necesita gerentes, no actores de reparto en un drama de impunidad.