Opinión. Miercoles, 04 de Marzo, 2026
Analizando los hechos con la mayor objetividad posible, es evidente que, apenas cinco años después del triunfo de la Revolución cubana, comenzaron a aflorar profundas contradicciones internas entre Ernesto “Che” Guevara y la dirección política encabezada por Fidel y Raúl Castro. Guevara, firme en sus convicciones ideológicas y éticas, sostuvo públicamente posiciones que chocaban de frente con los intereses estratégicos de la Unión Soviética, principal aliada y sostén económico de Cuba en aquellos años cruciales.
El Che fue claro y directo en sus declaraciones: consideraba que la Unión Soviética no debía reproducir prácticas capitalistas ni establecer relaciones comerciales con los países del Tercer Mundo que terminaran perjudicándolos y beneficiando únicamente a Moscú. Para él, el socialismo no podía construirse sobre la explotación disfrazada ni sobre intercambios desiguales. Esa postura, aunque coherente con su pensamiento revolucionario, resultaba incómoda y peligrosa para un gobierno cubano que dependía casi por completo del respaldo económico, político y militar soviético.
A partir de ese momento, la presencia de Guevara en Cuba comenzó a ser vista como un problema más que como un activo. Sus ideas, su carisma y su coherencia moral contrastaban con el pragmatismo político que ya imperaba en la cúpula del poder. Los Castro entendieron que mantener al Che en la isla podía significar tensiones innecesarias con la URSS, el pilar que sostenía la economía cubana en medio del bloqueo y el aislamiento internacional.
La solución fue, entonces, una salida elegante pero riesgosa: enviarlo fuera de Cuba. Primero, a una supuesta misión revolucionaria en el Congo africano, presentada como un acto de internacionalismo, pero que en la práctica terminó siendo una experiencia fallida. Aquella revolución no prosperó, careció de condiciones reales y dejó al Che expuesto, debilitado y cada vez más aislado dentro del propio proyecto revolucionario que ayudó a construir.
Tras el fracaso en África, Guevara se refugió en Praga, desde donde solicitó permiso para regresar a Cuba y reencontrarse con su familia. Esa petición jamás recibió respuesta. El silencio fue el mensaje más claro: el Che ya no era bienvenido. Para entonces, había pasado de ser un héroe de la revolución a convertirse en un estorbo político, prácticamente un prófugo dentro del entramado del poder que antes lo exaltaba.
Posteriormente, fue enviado a Bolivia para encabezar otra revolución que los campesinos no comprendían y que no contaba con el apoyo popular necesario. Allí, el Che enfrentó condiciones extremas: falta de respaldo logístico, escasez de medicamentos, aislamiento político y una geografía hostil. La aventura boliviana estaba condenada desde su inicio, más parecida a una misión suicida que a un verdadero proyecto revolucionario.
Finalmente, Ernesto Guevara fue capturado por el ejército boliviano y ejecutado sin juicio alguno. Su muerte cerró un ciclo cargado de contradicciones y silencios incómodos. A la luz de los hechos, resulta difícil no concluir que Fidel y Raúl Castro preferían al Che muerto o, en el mejor de los casos, lejos de Cuba. Así terminó la vida de Ernesto Guevara de la Serna, el “Che”, un hombre coherente hasta el final, traicionado por la misma revolución que ayudó a triunfar.