Opinión. Lunes, 09 de Febrero, 2026
La transformación digital ha redefinido la manera en que trabajamos. Hoy, gran parte de la jornada laboral transcurre frente a una pantalla: computadoras, teléfonos inteligentes y tabletas se han convertido en herramientas indispensables para la productividad. Sin embargo, este avance tecnológico tiene un costo silencioso que muchas veces se subestima: el deterioro progresivo de la salud visual.
En este contexto surge el Síndrome Visual Informático (SVI), una condición cada vez más frecuente entre trabajadores de oficina, teletrabajadores, estudiantes y profesionales que dependen del uso intensivo de dispositivos digitales. Lejos de ser una molestia menor, el SVI representa uno de los problemas de salud ocupacional más comunes del siglo XXI.
De acuerdo con la American Optometric Association, más del 70 % de las personas que pasan varias horas diarias frente a pantallas presentan síntomas asociados a este síndrome. No se trata únicamente de cansancio visual, sino de un conjunto de manifestaciones que afectan la visión, la postura corporal y el bienestar general.
Los síntomas suelen aparecer de forma gradual: ojos secos o irritados, visión borrosa, dificultad para enfocar, dolores de cabeza persistentes y una sensación constante de fatiga ocular. A estos se suman molestias musculares en cuello, hombros y espalda, derivadas de posturas inadecuadas frente al monitor. En muchos casos, el trabajador normaliza estas señales y continúa su rutina sin atender el problema, hasta que el impacto sobre la concentración y el rendimiento se vuelve evidente.
El origen del SVI no está únicamente en la pantalla. Influyen factores como la iluminación deficiente, los reflejos, una distancia incorrecta entre los ojos y el monitor, el uso prolongado sin pausas y la reducción del parpadeo natural al fijar la vista en un punto durante largos períodos. Todo ello genera una sobrecarga visual que el ojo humano no está diseñado para soportar de forma continua.
Frente a esta realidad, la prevención se convierte en la principal herramienta de protección. Existen medidas simples, pero altamente efectivas, que pueden integrarse fácilmente en la jornada laboral. Una de las más recomendadas es la conocida regla 20-20-20: cada 20 minutos, desviar la mirada durante al menos 20 segundos hacia un objeto ubicado a unos seis metros de distancia. Este pequeño hábito permite relajar los músculos oculares y reducir la fatiga acumulada.
Asimismo, resulta clave ajustar correctamente el puesto de trabajo. El monitor debe colocarse a una distancia adecuada, ligeramente por debajo del nivel de los ojos, con un brillo y contraste acordes al entorno. La iluminación debe ser suficiente, evitando reflejos directos sobre la pantalla. Mantener una postura ergonómica, con apoyo adecuado de pies y espalda, contribuye no solo a la salud visual, sino también a prevenir trastornos musculoesqueléticos.
En casos de sequedad ocular, el uso de lágrimas artificiales puede ser de gran ayuda, siempre acompañado de evaluaciones periódicas de la visión. Muchas molestias visuales se agravan por graduaciones desactualizadas o no corregidas, un aspecto que suele pasarse por alto en la salud ocupacional.
El impacto del Síndrome Visual Informático va más allá del confort personal. La fatiga visual sostenida afecta la productividad, incrementa los errores, reduce la capacidad de concentración y puede derivar en ausentismo laboral. Por ello, incorporar la ergonomía visual dentro de los programas de seguridad y salud en el trabajo no es un lujo, sino una necesidad estratégica para las organizaciones modernas.
En un mundo donde la digitalización es irreversible, cuidar la salud visual es parte esencial del cuidado integral del trabajador. Así como hoy se habla de ergonomía física y de salud mental, la visión debe ocupar un lugar prioritario en las políticas de bienestar laboral. Proteger los ojos es proteger la capacidad de trabajar, de crear y de sostener la productividad en el tiempo.