Opinión. Lunes, 19 de Enero, 2026
Cada mes de enero, el Viejo San Juan se convierte en el epicentro de una de las celebraciones culturales más importantes del Caribe: las Fiestas de la Calle San Sebastián. Este año 2026, celebradas del 15 al 18 de enero, tuve la oportunidad de participar como un ciudadano más, sin rol técnico ni agenda profesional, simplemente para disfrutar de la música, la tradición y el ambiente único que caracteriza estas fiestas. Sin embargo, como suele ocurrirme, hay detalles que no pasan desapercibidos cuando la seguridad y la protección de la vida forman parte de tus valores. En medio del disfrute, me encontré con algo que llamó poderosamente mi atención y que sentí la responsabilidad de compartir con mis lectores: un evento de esta magnitud que, además de lo cultural y lo festivo, decidió tomarse muy en serio la seguridad de las personas, integrándola de manera visible, práctica y responsable.
No hablo solo de presencia policial o control de accesos. Hablo de planificación, señalización clara y herramientas visibles para la protección de la vida. En distintos puntos del recorrido fue posible identificar rutas de desalojo debidamente señalizadas y sistemas de reporte inmediato que permiten a cualquier persona comunicarse con la policía ante una emergencia, un robo, una situación de riesgo o cualquier evento que ponga en peligro la integridad humana.
Es la primera vez que, como profesional de la seguridad y salud, me topo con un evento cultural de esta magnitud que no deja la seguridad para “después”, sino que la incorpora de forma natural, accesible y comprensible para el público general. Estas acciones envían un mensaje poderoso: celebrar la cultura no está reñido con cuidar la vida.
En eventos masivos, donde confluyen miles de personas, el riesgo existe. Aglomeraciones, caídas, emergencias médicas, incendios, situaciones de violencia o pánico pueden escalar en segundos si no existen medidas preventivas claras y mecanismos de respuesta rápida. La diferencia entre un susto y una tragedia suele estar en segundos de reacción y en información visible y oportuna.
Las rutas de evacuación no son simples letreros. Son herramientas de supervivencia. Permiten que las personas sepan hacia dónde dirigirse sin improvisar, reducen el pánico colectivo y facilitan la labor de los equipos de emergencia. Del mismo modo, los puntos de comunicación directa con la policía empoderan al ciudadano, acortan los tiempos de respuesta y fortalecen la percepción de seguridad, algo clave para eventos de esta naturaleza.
Este enfoque demuestra una comprensión madura de la seguridad: no es solo control, es prevención; no es solo reacción, es planificación. La seguridad física, la gestión de emergencias y la protección de la vida humana se convierten así en parte de la logística cultural, al mismo nivel que el escenario, la tarima o el programa artístico.
El impacto positivo de estas medidas es claro. Ante una emergencia real, la probabilidad de respuesta efectiva aumenta, se reducen los riesgos de estampidas, se facilita la evacuación ordenada y se protege tanto a asistentes como a trabajadores, artistas y residentes del área histórica.
Las Fiestas de la Calle San Sebastián nos dejan una lección valiosa para el Caribe y para cualquier país que organice eventos masivos: la seguridad no resta disfrute, lo garantiza. Integrarla desde el diseño del evento no solo salva vidas, también eleva el estándar de organización, genera confianza y demuestra respeto por quienes asisten.
Celebrar es importante. Preservar la cultura también. Pero proteger la vida debe ser siempre la prioridad. Ojalá este modelo inspire a otros eventos culturales, deportivos y religiosos de la región a entender que la verdadera fiesta es aquella a la que todos regresan a casa sanos y salvos.