Opinión. Lunes, 02 de Marzo, 2026
El pasado 27 de febrero de 2026, el presidente Luis Abinader se presentó ante la Asamblea Nacional no como un administrador de crisis, sino como un arquitecto del futuro. Sin embargo, tras noventa minutos de retórica optimista y promesas de vanguardia tecnológica, queda en el aire una sensación de desconexión profunda. El país que describió el mandatario —el de los puertos espaciales y la industria de semiconductores— parece no colindar con la República Dominicana que habita el ciudadano común, asfixiado por el costo de la vida y un sistema eléctrico que ha retrocedido una década.
El «Efecto Pedernales»: ¿Despegue o Pirotecnia?
La gran apuesta del discurso fue el anuncio de un puerto espacial en el Sur. Una idea que, en cualquier otro contexto, sería motivo de orgullo nacional. Pero en la República Dominicana de 2026, suena a una huida hacia adelante. Resulta paradójico que un Gobierno que no ha logrado resolver el déficit de las distribuidoras eléctricas (EDE), cuyas pérdidas técnicas y administrativas siguen siendo un barril sin fondo para el erario, pretenda gestionar la logística aeroespacial.
La modernidad no se decreta; se construye sobre bases sólidas. Y hoy, las bases de nuestros servicios públicos básicos muestran grietas que ningún satélite podrá cubrir desde la estratosfera.
La Macroeconomía del Espejismo
Abinader se refugió en las cifras de crecimiento proyectado, pero omitió el dato más punzante: el enfriamiento real de la economía en 2025, que cerró con un magro 2.1% de crecimiento del PIB. Este estancamiento, sumado a una inflación de alimentos que no cede, ha pulverizado el poder adquisitivo de la clase media.
El aumento del salario mínimo anunciado es, en la práctica, un paño de agua tibia. Mientras la canasta básica familiar se acerca peligrosamente a los RD$ 49,000, el dominicano promedio se encuentra atrapado en una aritmética imposible. La narrativa oficial de «pleno empleo» choca con la realidad de una informalidad que sigue siendo el refugio de más del 50% de la fuerza laboral, personas que no conocen de bonos ni de seguridad social.
Inseguridad y Educación: Las Deudas Eternas
El discurso pasó de puntillas sobre los fallos sistémicos de la reforma policial. A pesar de los nuevos uniformes y la tecnología de vigilancia, la percepción de inseguridad en los barrios del Gran Santo Domingo ha alcanzado picos alarmantes. La «paz social» que pregona el Ejecutivo se siente frágil cuando el orden público es dictado por el caos del tránsito y el microtráfico en las periferias.
En educación, el panorama es similar. Se habla de becas en áreas STEM y transformación digital, pero los indicadores de aprendizaje en la educación primaria pública siguen en cuidados intensivos. Estamos intentando graduar ingenieros aeroespaciales en un sistema donde gran parte de los bachilleres aún tiene dificultades con la comprensión lectora básica.
El Riesgo de la Ensoñación
La rendición de cuentas de 2026 nos deja una lección sobre los peligros de la incomunicación entre el despacho presidencial y la calle. Abinader ha construido un relato de éxito macroeconómico que, aunque atractivo para los inversores extranjeros, resulta ajeno para quienes pagan una de las tarifas eléctricas más caras de la región por un servicio deficiente.
Gobernar es establecer prioridades. Y mientras la prioridad siga siendo la construcción de infraestructuras de «vitrina» para alimentar un legado histórico, los problemas estructurales —salud, electricidad y costo de la vida— seguirán siendo la piedra de tropiezo que nos recuerde que, por más que miremos al espacio, seguimos teniendo los pies en el lodo del subdesarrollo.