Opinión. Jueves, 12 de Febrero, 2026
En algún lugar del mundo existe un pequeño país que, durante años, soñó con el cambio. No era un país perfecto, pero tenía algo muy especial: una ciudadanía activa, partidos políticos llenos de entusiasmo y un grupo de hombres y mujeres que, con mucha energía, lograron llevar a su líder hasta el palacio nacional.
El día de la victoria fue una fiesta inolvidable. Las calles se llenaron de banderas, abrazos y promesas. A ese grupo de personas se le conocía como el coro político: el brazo que conectaba al gobierno con los barrios, las provincias y las conversaciones de esquina.
Y el nuevo presidente, hombre serio y trabajador, comenzó a gobernar con disciplina. Quería hacerlo bien. Quería hacerlo rápido. Quería hacerlo correcto.
Pero el tiempo pasó… y algo curioso empezó a suceder.
Uno a uno, los rostros del coro comenzaron a desaparecer del escenario gubernamental. No ocurrió de golpe, sino como sucede con las estaciones del año: casi sin que nadie lo notara.
Algunos fueron removidos.
Otros renunciaron.
Algunos fueron apartados por decisiones difíciles.
Otros quedaron atrapados en tormentas judiciales.
Hubo quienes partieron al extranjero.
Hubo quienes envejecieron , otros se retiraron o murieron.
Y hubo quienes, sencillamente, ya no estaban.
Un día alguien hizo un ejercicio simple: trató de recordar cuántos de aquellos que habían construido la victoria seguían dentro del gobierno.
El resultado fue sorprendente.
Muy pocos.
El presidente continuaba allí, firme, disciplinado, trabajando con intensidad. Pero el coro que lo había acompañado en la travesía parecía haberse convertido en un recuerdo.
Sin darse cuenta, el gobierno comenzó a rodearse cada vez más de técnicos, expertos, hojas de cálculo y presentaciones en PowerPoint. Todo funcionaba con eficiencia admirable. Las decisiones eran precisas, los informes impecables y las reuniones puntuales.
Sin embargo, el viejo coro ya no estaba para traducir el lenguaje del poder al idioma de la calle.
Un día, durante una reunión importante, alguien preguntó:
—¿Qué piensa la gente de esto?
La sala quedó en silencio.
Había gráficos, proyecciones, indicadores… pero nadie sabía qué se comentaba en los colmados, en los parques, en las barberías o en las mesas familiares.
Fue entonces cuando el presidente comprendió algo que ningún informe había advertido:
Los gobiernos se sostienen con instituciones,
pero las democracias respiran a través de los partidos.
Los técnicos hacen funcionar el motor,
pero el coro mantiene viva la conexión con la calle.
Sin el coro, el gobierno no cae.
Pero empieza a gobernar en eco.
Desde ese día, en aquel país sin nombre, comenzó una conversación nueva. No era una discusión amarga ni un reclamo ruidoso. Era una reflexión tranquila: cómo volver a equilibrar la técnica con la política, la eficiencia con la representación, el gobierno con el partido.
Porque en ese país aprendieron una lección sencilla:
Los proyectos que nacen en compañía no deberían gobernar en soledad.