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¿Llegar al trabajo es cuestión de suerte?

Por Jeffrey Medina

Opinión. Lunes, 23 de Febrero, 2026

Cada mañana, en el Gran Santo Domingo, cientos de miles de personas salen de sus hogares rumbo a sus centros de trabajo. Solo en el Distrito Nacional y la provincia Santo Domingo se concentra más del 30% de la población del país, y una parte significativa de esa población económicamente activa se moviliza diariamente entre municipios como Santo Domingo Este, Norte, Oeste y el Distrito. Tapones interminables, motocicletas desplazándose entre carriles, transporte público sobrecargado y conductores sometidos a altos niveles de estrés forman parte del paisaje cotidiano. Sin embargo, pese a su magnitud, la movilidad laboral continúa tratándose como un asunto externo a la gestión preventiva, cuando en realidad constituye uno de los principales determinantes de la siniestralidad en la República Dominicana

El trayecto no es un evento aislado; es una extensión natural de la exposición al riesgo laboral. Un colaborador que invierte dos o más horas diarias en el tránsito inicia su jornada con una carga de fatiga acumulada que incide en su concentración y desempeño. El estrés generado por la congestión vehicular, la presión por llegar a tiempo y la conducción temeraria de terceros se traducen en un aumento de la probabilidad de incidentes. Desde la perspectiva técnica de la Seguridad y Salud en el Trabajo, resulta incoherente evaluar con rigurosidad los riesgos físicos, químicos o ergonómicos dentro de la empresa y omitir el análisis del riesgo asociado a la movilidad.

En la República Dominicana, la dependencia del vehículo privado y de la motocicleta como medio principal de transporte incrementa la exposición al peligro. Las motocicletas, que representan un porcentaje elevado (70%) de los accidentes de tránsito en el país, se han convertido también en herramienta de trabajo y en medio de traslado cotidiano para miles de colaboradores. Esta realidad genera no solo un mayor riesgo de colisiones y lesiones graves, sino también desigualdades en el acceso al empleo para quienes no disponen de transporte seguro. A esto se suman los costos ocultos para las organizaciones: ausentismo, retrasos, rotación, aumento en primas de riesgo y afectación de la productividad.

Cuando analizamos que miles de accidentes laborales ocurren en estacionamientos y áreas de circulación vehicular, comprendemos que la movilidad no empieza ni termina en la puerta de la empresa. Forma parte integral del sistema de trabajo y, como tal, debe incorporarse en la matriz de identificación y evaluación de riesgos exigida por el Reglamento 522-0, además de los planes de seguridad vial de las empresa. Ignorarla es mantener un punto ciego en la gestión preventiva.

Las organizaciones dominicanas no pueden continuar siendo espectadoras pasivas de un problema estructural que impacta directamente la seguridad y la salud de su gente. Integrar la movilidad dentro del Sistema de Gestión de SST implica adoptar medidas como la reestructuración de horarios para reducir la exposición en horas pico, la implementación de transporte colectivo empresarial seguro, la promoción del uso responsable de motocicletas con equipos certificados y programas formales de conducción defensiva. No se trata de un beneficio corporativo adicional, sino de una estrategia preventiva coherente con el principio de mejora continua y con estándares internacionales como ISO 45001.

En un país donde un trabajador muere casi cada dos días por causas laborales, la movilidad no puede seguir tratándose como un asunto ajeno a la empresa. El derecho al trabajo incluye el derecho a llegar con vida, sin lesiones y sin un nivel de estrés que comprometa la salud física y mental. La prevención no comienza en el portón de la organización; comienza en la ruta que recorren quienes sostienen su productividad.

La pregunta no es si el tránsito dominicano es complejo. La pregunta es qué están haciendo las empresas para gestionar ese riesgo. Porque la verdadera cultura preventiva no se limita al cumplimiento normativo, sino que amplía su mirada hasta donde empieza el riesgo real: antes de iniciar la jornada y en cada trayecto diario hacia el trabajo.

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