Opinión. Lunes, 23 de Marzo, 2026
Las empresas pueden adoptar esquemas de trabajo remoto, los ciudadanos pueden optimizar el uso de combustible, y como sociedad debemos actuar con conciencia y eficiencia”. Con estas palabras, el presidente de la República se dirigió al país este 22 de marzo, en una locución marcada por un contexto global complejo, influenciado por la guerra entre Rusia y sus efectos sobre la economía internacional, particularmente en el alza de los combustibles. La recomendación es clara: reducir desplazamientos, optimizar recursos y fomentar el teletrabajo como medida de mitigación. Sin embargo, hay una dimensión que no puede quedar fuera de esta conversación: ¿estamos preparados, desde la seguridad y salud en el trabajo, para asumir ese cambio de forma responsable?
El teletrabajo no es nuevo, pero su implementación masiva sí lo es. En República Dominicana, aunque su adopción ha crecido en los últimos años, principalmente en la pandemia, sigue siendo una modalidad en desarrollo, concentrada principalmente en sectores como servicios, educación y tecnología, con una penetración aún limitada en comparación con otros países. Esto significa que muchas empresas y trabajadores aún no cuentan con las condiciones adecuadas para trasladar el trabajo al hogar sin generar nuevos riesgos.
Partiendo de este contexto, debemos hacer una pausa. Porque el teletrabajo, bien gestionado, puede ser una herramienta poderosa: reduce tiempos de traslado, mejora la conciliación entre la vida personal y laboral, e incluso puede incrementar la productividad. Pero mal implementado, puede convertirse en una fuente silenciosa de deterioro físico, mental y organizacional.
El primer gran riesgo es ergonómico. La casa no fue diseñada como un espacio de trabajo. Sillas no adecuadas, mesas improvisadas, laptops utilizadas durante horas sin soporte, iluminación deficiente… todo esto se traduce en problemas musculoesqueléticos, dolores de espalda, cuello y muñecas, que con el tiempo pueden convertirse en lesiones crónicas. A esto se suma la fatiga visual, producto del uso prolongado de pantallas sin pausas ni condiciones adecuadas. Son riesgos que no se ven de inmediato, pero que se acumulan y terminan pasando factura.
Pero quizás el riesgo más complejo no es físico, sino psicosocial. El teletrabajo diluye los límites entre la vida laboral y la personal. El hogar deja de ser un espacio de descanso para convertirse en una extensión de la oficina. Y en ese escenario, aparece un fenómeno cada vez más común: la hiperconectividad. Trabajadores disponibles a toda hora, sin horarios claros, sin pausas reales, sin desconexión. Lo que comenzó como una solución para ahorrar combustible puede terminar generando estrés, agotamiento mental y una sensación permanente de estar trabajando.
A esto se suma el aislamiento. La falta de interacción social, de conversaciones informales, de contacto humano, impacta directamente el bienestar emocional. Y en un país como el nuestro, donde la cultura laboral tiene un componente altamente social, este cambio puede ser más significativo de lo que parece.
Desde el punto de vista legal, República Dominicana no está desprovista de herramientas. La Resolución 23-20 sobre teletrabajo establece derechos y deberes tanto para empleadores como para trabajadores, mientras que el Reglamento 522-06 obliga a las empresas a garantizar condiciones seguras y saludables, independientemente del lugar donde se ejecute el trabajo. Esto implica que el teletrabajo no exime responsabilidades; al contrario, las transforma. El empleador sigue siendo responsable de identificar, evaluar y controlar los riesgos, aunque el trabajador esté en su casa.
No basta con enviar al colaborador a su casa con una laptop. Se requiere establecer políticas claras, definir horarios, evaluar las condiciones del espacio de trabajo, capacitar en ergonomía, promover pausas activas, gestionar la carga laboral y, sobre todo, garantizar la desconexión digital.
Del lado del trabajador, también hay una responsabilidad importante. El autocuidado se vuelve fundamental. Adecuar un espacio, respetar horarios, hacer pausas, desconectarse al finalizar la jornada, cuidar la postura, gestionar el tiempo. El teletrabajo ofrece flexibilidad, pero esa misma flexibilidad, mal manejada, puede convertirse en un factor de riesgo.
El llamado del presidente es oportuno y responde a una necesidad real del país. Reducir el impacto económico del alza de los combustibles es una prioridad. Pero no podemos permitir que una solución económica se convierta en un problema de salud laboral. El teletrabajo debe implementarse con criterio técnico, con enfoque preventivo y con una visión clara de sostenibilidad.
Porque al final, la eficiencia no puede medirse solo en ahorro de combustible. También debe medirse en bienestar, en salud y en la capacidad de las organizaciones de adaptarse sin poner en riesgo a su gente. El teletrabajo no es solo una modalidad laboral, es un cambio estructural en la forma en que trabajamos. Y como todo cambio, requiere preparación.
Si no se gestiona correctamente, el teletrabajo puede trasladar los riesgos del lugar de trabajo al hogar, invisibilizarlos y hacerlos más difíciles de controlar. Pero si se hace bien, puede convertirse en una oportunidad para construir entornos laborales más saludables, más flexibles y humanos.
La decisión ya está sobre la mesa. Ahora el reto es hacerlo bien. Porque trabajar desde casa no debería significar trabajar sin protección.