Opinión. Sábado, 28 de Febrero, 2026
Hoy, 27 de febrero, en el marco de la rendición de cuentas presentada ante la nación desde el Congreso Nacional en Santo Domingo, volvimos a escuchar un discurso cargado de cifras optimistas, proyectos anunciados y promesas que, en muchos casos, ya habían sido planteadas en años anteriores.
Sin embargo, la pregunta que surge en la mente de muchos dominicanos es sencilla: si todo va tan bien como se expone en el papel, por qué en la calle la realidad se siente distinta?
El gobierno insiste en que la economía de la República Dominicana crece, que la inversión aumenta y que hay estabilidad. Pero el ciudadano común no percibe esa bonanza. La circulación monetaria es limitada, el pequeño y mediano comerciante reporta bajas ventas y el costo de la vida continúa presionando a las familias trabajadoras. Las estadísticas macroeconómicas pueden mostrar crecimiento, pero el crecimiento que no se traduce en bienestar tangible termina siendo un dato frío, distante de la realidad social.
Otro punto preocupante es el manejo de los casos de corrupción. Se anuncian investigaciones, se hacen titulares impactantes y se repiten compromisos de transparencia, pero muchos procesos permanecen inconclusos y sin consecuencias definitivas. La lucha contra la corrupción no puede convertirse en un eslogan recurrente; debe ser una práctica constante, con resultados visibles y sometimientos firmes cuando corresponda.
En materia de seguridad, se presentan reducciones porcentuales en los índices de delincuencia. No obstante, la percepción ciudadana cuenta otra historia. Los barrios siguen denunciando robos, atracos y violencia. Cuando la estadística contradice la experiencia diaria del pueblo, surge la sospecha de que los números pueden estar siendo maquillados o, en el mejor de los casos, interpretados de manera conveniente.
La rendición de cuentas no debería ser solo un acto protocolar ni un ejercicio de autocomplacencia política. Debe ser un momento de reflexión nacional, donde se reconozcan logros, sí, pero también fallas y retos pendientes. Gobernar no es repetir promesas; es presentar resultados concretos que transformen la vida de la gente.
Como joven comprometido con el desarrollo social y político, creo firmemente que nuestro país necesita menos discursos repetidos y más acciones medibles. Necesitamos políticas públicas que impacten directamente el bolsillo del ciudadano, fortalezcan la seguridad y garanticen justicia real frente a la corrupción.
El pueblo dominicano es resiliente, trabajador y esperanzado. Pero también es crítico. Y hoy más que nunca, exige coherencia entre lo que se dice en los salones oficiales y lo que se vive en las calles.
Porque cuando la realidad y el discurso no coinciden, la confianza se debilita. Y sin confianza, ningún gobierno puede sostener un verdadero proyecto de nación.