Opinión. Jueves, 09 de Abril, 2026
No bastaron las ocho muertes ocurridas el 8 de noviembre de 2022 a causa de las torrenciales lluvias registradas, tampoco bastó la pérdida de al menos 21 vidas y el colapso del paso a desnivel en noviembre de 2023 para que tanto las autoridades como la población adoptemos medidas y nuevos hábitos que nos permitan cambiar los resultados cada año. La República Dominicana continúa estando a ciegas ante este tipo de fenómenos.
Es una falta de respeto a la población que las instituciones responsables de monitorear y prever el impacto de los fenómenos atmosféricos se escuden en que no cuentan con las herramientas necesarias para medir la magnitud de una vaguada. Resulta inaceptable que, pese a los avances tecnológicos disponibles y las inversiones, el país continúe recibiendo explicaciones improvisadas cada vez que ocurre un evento meteorológico de gran intensidad. Los hechos demuestran que seguimos viviendo prácticamente a ciegas ante fenómenos atmosféricos que, aunque naturales, no deberían convertirse en tragedias recurrentes. Los aguaceros del miércoles no solo expusieron las deficiencias del drenaje en el Gran Santo Domingo, sino también la falta de planificación y previsión de las autoridades, provocando que cada evento similar sorprenda al país «asando batatas».
Pero el problema no se limita al Estado. Las lluvias también evidenciaron la pobre cultura ciudadana en el manejo de los desperdicios: ríos, cañadas y arroyos arrastraron toneladas de basura que obstruyen filtrantes e imbornales, provocan inundaciones y terminan contaminando nuestros mares, poniendo en riesgo la vida marina. A esto se suma la falta de conciencia de una parte de la población que insiste en permanecer en zonas vulnerables sin tomar medidas preventivas, sin investigar antes de comprar o alquilar viviendas, repitiendo año tras año la misma historia en sectores como Las 800 de Los Ríos, en el Distrito Nacional.