Opinión. Lunes, 05 de Enero, 2026
El alcalde fariseo que se hace pasar por pastor no es invencible, pero sabe parecerlo. Y en política, a veces, eso basta. No destaca por una administración brillante ni por una gestión ejemplar, al contrario, la opacidad administrativa y la falta de gerencia son una carta de presentación; su verdadera fortaleza está en la destreza para leer debilidades ajenas, explotarlas sin pudor y convertir la confusión en poder. Anastacio no gobierna, maniobra. No persuade, intimida. No convence, condiciona.
Es un gladiador de coliseo moderno que lucha rudo, reparte piquete en los ojos, da golpes bajos cuando el árbitro mira al palco y utiliza los recursos del Estado como si fueran parte natural de su arsenal. Peca sin culpa, miente sin rubor y castiga con una eficacia que infunde miedo incluso entre los propios regidores, convertidos más en figurantes temerosos que en representantes del pueblo.
Por eso no sorprende que los bloques del PLD y de la Fuerza del Pueblo en el Concejo Municipal no actúen como oposición. Tampoco como aliados. Actúan, más bien, como cómplices sediciosos. Porque ser aliado sería respaldar iniciativas que beneficien al municipio, y eso nunca ha estado en agenda. Lo suyo ha sido acompañar con docilidad casi enternecedora todo aquello que golpea al municipio y lastima a sus ciudadanos.
El anticristo de ese municipio nació con el instinto natural del vencedor. No se le oprime el pecho cuando llega la hora de castigar a sus enemigos internos: castiga sin temblor. Es despiadado, ajeno a toda forma de compasión. Un hombre práctico hasta la crueldad, capaz de convertirse, con tal de conservar el poder, en la encarnación más feroz de Nerón y, al mismo tiempo, predicar la bondad sosteniendo una Biblia entre las manos.
En su partido todos lo conocen y todos le temen. Por eso celebran incluso sus pecados, los convierten en virtudes, los elevan a trofeos. Inventan rankings y lo coronan alcalde del año, no solo para ocultar sus debilidades, sino para sobrevivir a la ira de un pastor que podría devorar una ballena putrefacta mientras murmura un Padre Nuestro.
Por segundo año consecutivo aprobaron un presupuesto contrario al desarrollo local y diseñado a la medida de los intereses del alcalde. Lo hicieron después del carnaval presupuestario de 2025: partidas movidas a mitad de año, inversión recortada una y otra vez, improvisación elevada a política pública. Fue un espectáculo digno de estudio y la peor planificación municipal jamás registrada y la ejecución presupuestaria más incoherente conocida. Aun así, los concejales del PLD y de la Fuerza del Pueblo decidieron premiar el desastre con otro engendro presupuestario. Traicionaron a sus electores con una sonrisa disciplinada.
Escuchar a muchos de esos regidores en el hemiciclo produce náusea y vergüenza ajena.
En cada intervención no fiscalizan: se inclinan. No cuestionan: se arrastran. No representan: se humillan. Se les oye lamer el piso por donde pasa el alcalde, con una devoción que ni siquiera exhiben los regidores del PRM, que, al menos, tienen la excusa de apoyar a un gobierno propio.
En la Fuerza del Pueblo, la historia reciente debería servir de advertencia. En la pasada campaña municipal nadie sabía quién debía ser el candidato, pero todos sabían quién no debía serlo. Aun así, un grupo de iluminados siempre hay iluminados cuando la derrota es segura, decidió imponerlo, con los resultados conocidos.