Opinión. Miercoles, 11 de Febrero, 2026
Si algún día desaparecen las redes sociales, el país tendrá que crear un Ministerio de Opinión Pública Urgente para sustituirlas. Porque hoy, en la práctica, la República Dominicana se administra entre memes, hilos de X, estados de WhatsApp y videos grabados desde el asiento del conductor en pleno tapón.
Las redes no son entretenimiento: son la nueva plaza pública, el nuevo colmado y, en ocasiones, el nuevo psicólogo nacional. Allí se llora, se denuncia, se protesta, se analiza economía internacional… y se pelea con desconocidos con una confianza admirable.
Y como toda plaza pública, tiene sus temas favoritos. Cinco, para ser exactos. Los cinco pilares de la conversación nacional digital.
El primero es el costo de la vida, también conocido como “el reality show del supermercado”. El dominicano ya no pregunta “¿cómo estás?”, pregunta “¿tú viste a cómo está el pollo?”. Las facturas se publican como si fueran certificados médicos. Cada compra es una investigación económica. Y siempre aparece alguien comentando: “Eso está más caro en mi barrio”. Las redes han logrado lo que ningún economista: que el país entero hable de inflación con indignación y recibos en mano.
El segundo gran tema es la electricidad y los servicios públicos, una relación sentimental tóxica que el país se niega a terminar. El dominicano vive en un estado emocional complejo: ama el progreso, pero también conoce la programación de apagones mejor que su propia agenda. El agua llega dos días a la semana y cuando llega, se anuncia en los chats familiares como si fuera la llegada de un pariente del extranjero: “¡Llegó el agua!”. Celebración nacional.
El tercer tema es el tránsito, que ya no es un problema de movilidad sino una experiencia espiritual. El dominicano entra al carro siendo una persona y llega siendo otra. Los tapones han sustituido al gimnasio, al podcast y a la terapia. Hay gente que sale de su casa con desayuno, almuerzo y cena por si el destino decide ponerle una prueba en la avenida. Y siempre hay alguien grabando el caos mientras conduce, lo cual añade un nivel adicional de emoción al trayecto.
El cuarto tema es la seguridad ciudadana, que en redes se mide en tiempo real. Antes un hecho tardaba días en conocerse; ahora tarda segundos. El país entero se entera al mismo tiempo y se convierte instantáneamente en comité de análisis criminológico. Las redes han creado una nueva profesión informal: el analista de seguridad desde el sofá.
Y finalmente, el gran tema filosófico: el modelo de desarrollo del país. Aquí el dominicano se transforma en urbanista, economista, ambientalista y sociólogo en un mismo hilo. Se discute todo: torres, turismo, patrimonio, migración, crecimiento, futuro. En un mismo comentario alguien puede citar a Balaguer, a Elon Musk y a su tío que sabe de construcción.
La conclusión es simple: las redes sociales dominicanas son el verdadero Congreso abierto 24/7. Sin protocolo, sin agenda y sin horario de cierre. Caóticas, exageradas, a veces injustas, pero profundamente vivas.
Porque si algo ha quedado claro es que el dominicano puede no ponerse de acuerdo en todo… pero sí en comentarlo absolutamente todo.