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Un riesgo que avanza entre tapones y descuidos

Por: Jeffrey Medina

Opinión. Martes, 27 de Enero, 2026

El aumento de incendios vehiculares registrados en los últimas semanas en el Gran Santo Domingo no es una coincidencia ni un hecho aislado. Es una señal clara de una deuda pendiente con la prevención, el mantenimiento responsable y la ausencia de controles técnicos efectivos sobre el parque vehicular que circula a diario por nuestras calles. Cada vehículo que termina envuelto en llamas en plena vía pública expone una realidad incómoda: estamos reaccionando al riesgo cuando ya se convirtió en emergencia.

Desde nuestra experiencia en gestión de riesgos y seguridad, hemos podido identificar un patrón que se repite con demasiada frecuencia. La mayoría de estos incendios tiene su origen en fallas eléctricas, cableados deteriorados, empalmes improvisados, fusibles inadecuados y adaptaciones realizadas sin ningún criterio técnico. A esto se suman reparaciones mal ejecutadas y modificaciones que alteran los sistemas originales del vehículo, muchas veces con la intención de “mejorar” funciones, pero sin evaluar las consecuencias reales en términos de seguridad.

El problema se agrava cuando el mantenimiento vehicular se aborda de forma reactiva. Se espera a que el vehículo falle, a que huela a plástico quemado, a que un fusible se dispare repetidamente o a que el motor presente recalentamientos, en lugar de asumir el mantenimiento preventivo como una práctica básica de protección de la vida. En ese punto, el riesgo ya está presente y solo espera el detonante adecuado para convertirse en fuego.

Otro elemento que no puede ignorarse es la inexistencia de un sistema riguroso y obligatorio de inspecciones técnicas vehiculares. Sin evaluaciones periódicas del estado eléctrico, mecánico y de seguridad, vehículos con condiciones críticas continúan circulando sin ningún tipo de control. Esto no solo pone en peligro a sus ocupantes, sino también a peatones, a otros conductores, a infraestructuras cercanas y a los propios equipos de emergencia que deben intervenir en escenarios muchas veces innecesarios.

Un incendio vehicular no es un evento menor. Puede provocar accidentes secundarios, bloqueos de vías estratégicas, explosiones asociadas al sistema de combustible y una rápida propagación del fuego en entornos urbanos densamente poblados. En una ciudad como Santo Domingo, donde el tránsito, la informalidad y la congestión forman parte del día a día, este tipo de incidentes eleva el nivel de riesgo colectivo de manera significativa.

Como expertos en seguridad, entendemos que la solución no pasa únicamente por señalar responsabilidades, sino por promover una cultura de prevención real. Recomendamos asumir el mantenimiento preventivo como una inversión y no como un gasto, evitar modificaciones improvisadas, exigir trabajos técnicos certificados y atender de inmediato cualquier señal anómala en el funcionamiento del vehículo. Asimismo, consideramos urgente que se retome con seriedad el debate sobre las inspecciones técnicas obligatorias y la fiscalización de prácticas mecánicas informales que hoy operan sin controles.

El fuego no avisa, pero sí deja mensajes claros. Cada incendio vehicular es una advertencia de que algo se hizo mal o no se hizo a tiempo. Seguir normalizando estos eventos como simples “incidentes” es aceptar un riesgo que perfectamente pudo evitarse. La prevención, una vez más, sigue siendo la herramienta más efectiva para proteger vidas, bienes y la seguridad de todos.

 

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