Opinión. Monday, 10 de August, 2026
Por: Jeffrey Medina
Hace unos 5 años, mientras regresaba desde La Vega hacia Santo Domingo por la autopista Duarte, me sorprendió uno de esos aguaceros que los dominicanos describimos diciendo que “se está cayendo el cielo”. En cuestión de segundos disminuyó la visibilidad, los vehículos redujeron la velocidad y comenzaron a aparecer luces intermitentes por todas partes. Durante aquel trayecto llegué a contar aproximadamente 63 vehículos circulando con ellas encendidas.
Esa experiencia me llevó a escribir sobre el tema. Seis años después, me topo con la misma situación camino a las terrenas, aunque quizás ocurre con menor frecuencia, todavía veo la misma escena cada vez que cae un fuerte aguacero, especialmente durante nuestra temporada ciclónica.
Si usted enciende las intermitentes cuando llueve, probablemente lo hace pensando que así los demás podrán verlo mejor. El razonamiento parece lógico: cuando disminuye la visibilidad buscamos hacernos más visibles. Sin embargo, ser más visible no necesariamente significa estar más seguro.
Las luces intermitentes están concebidas para advertir sobre una condición de peligro o emergencia. Utilizarlas mientras continuamos circulando puede generar confusión, porque otro conductor podría interpretar que tenemos una avería, estamos próximos a detenernos o existe algún peligro delante. Además, mantenerlas activadas puede dificultar la correcta utilización de las direccionales, precisamente cuando necesitamos comunicar con claridad un cambio de carril o alguna otra maniobra.
Durante una lluvia intensa ya tenemos suficientes variables que gestionar: menor visibilidad, pavimento mojado, mayor distancia de frenado, acumulaciones de agua, riesgo de “aquaplaning”. Agregar incertidumbre sobre las intenciones de otros conductores aumenta innecesariamente la complejidad del escenario.
¿Qué debemos hacer entonces?
Reducir la velocidad conforme disminuya la visibilidad, aumentar la distancia respecto al vehículo que circula delante, utilizar las luces bajas, mantener el parabrisas desempañado, evitar frenadas o movimientos bruscos, además de abstenernos de atravesar zonas inundadas cuya profundidad desconocemos.
Existe, sin embargo, una recomendación todavía más importante: cuando la intensidad de la lluvia no permita ver la carretera con suficiente claridad, continuar conduciendo deja de ser una decisión prudente. En esas circunstancias debemos buscar un lugar seguro fuera del flujo vehicular donde podamos detenernos hasta que las condiciones mejoren.
Han pasado aproximadamente 5 años desde aquella experiencia en la autopista Duarte, pero la práctica continúa. Quizás porque muchas conductas al volante no las aprendemos preguntándonos si son correctas, sino observando lo que hacen los demás hasta convertirlas en costumbre.
Esta temporada ciclónica volveremos a encontrarnos con fuertes aguaceros mientras conducimos. Cuando ocurra, recuerde que reducir la velocidad, aumentar la distancia, utilizar correctamente las luces del vehículo y saber cuándo detenerse pueden hacer mucho más por nuestra seguridad que simplemente encender cuatro luces parpadeantes.
Porque bajo la lluvia no basta con que los demás nos vean; también necesitan comprender qué vamos a hacer.