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De los intelectuales de café a los «influencers» de algoritmo

Opinión. Monday, 25 de May, 2026

Por: Mihail García

La semana pasada circuló un vídeo en las redes sociales donde el joven periodista y analista de medios digitales Manuel Pedrero exponía ante la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, cómo fue contactado por la embajada de Estados Unidos para, según sus palabras, “estar en contacto con él, en relación, específicamente, a nuestra iniciativa de combate a las falsas narrativas”. El joven indicó que desde la embajada le pidieron un contacto directo porque el mensaje fue enviado a través de las redes sociales, pero él no contestó.

Acto seguido, también se citó una investigación de The Guardian, donde el periódico inglés confirma que existe una estrategia dirigida desde el Departamento de Estado para, en términos llanos, acercarse a los influencers y captarlos para, a través de ellos, desmontar lo que llaman “falsas narrativas” y movilizar una agenda favorable a los intereses norteamericanos.

Esto hizo que recordara un importante texto de Friedrich Hayek publicado en 1949, titulado “Los intelectuales y el socialismo”, donde explicaba que el poder y las ideologías se disputan seduciendo a los “comerciantes de ideas de segunda mano” -los intelectuales de su época-. Hayek sostenía con lucidez que el ciudadano común rara vez adopta una postura leyendo directamente tratados teóricos densos, sino que lo hace consumiendo el filtro de los intermediarios -periodistas, profesores, clérigos o literatos- quienes, dotados de una supuesta “autoridad moral”, terminan moldeando el sentido común. En el siglo pasado, el socialismo entendió esto a la perfección y construyó su hegemonía seduciendo a esa clase intelectual.

Hoy, es evidente que la imposición de la narrativa mutó: pasamos de los cafés a los algoritmos, y los nuevos intermediarios son los influencers. Las grandes potencias lo saben perfectamente y han demostrado que su estrategia no es nueva, pero sigue siendo letalmente efectiva. Captar a un creador de contenido con millones de seguidores en TikTok o YouTube persigue el mismo fin que tenía seducir a un intelectual en la época de Hayek: controlar la aduana del pensamiento colectivo sin levantar sospechas de propaganda oficial.

Ante este panorama, el ala opuesta a la narrativa conservadora cometería un error táctico de gran magnitud si decide aislarse en la academia, pues mientras los tanques de pensamiento tradicionales y los analistas se empeñan en debatir la realidad geopolítica desde tribunas cerradas, asumiendo que el debate es exclusivo para “conocedores” que consumen grandes textos, una gran parte de la batalla se está librando y ganando en el terreno del entretenimiento masivo.

La realidad en nuestra América Latina es implacable. El joven promedio de nuestros barrios, aquel que no tiene mayores pretensiones académicas ni militancias políticas e ideológicas, pero que igual es parte del pastel electoral, no se va a sentar a escuchar las cátedras geopolíticas de Alfredo Jalife, Pedro Baños o Iván Gatón. Ese joven prefiere ver programas y podcast como “Planeta Alofoke”, “Molusco TV”, “Westcol”, “Tamo en Vivo” o cualquier otro material de este tipo.

Es precisamente en esos entornos -aparentemente banales- donde, a través de una risa, un comentario al descuido, un reel de Instagram o un corto para TikTok, se introduce sutilmente una visión del mundo. Allí se fabrica una posverdad que, aunque muchas veces carece de rigor o veracidad histórica, penetra en el subconsciente colectivo con una fuerza orgánica inigualable. El resultado es devastador: estas narrativas digeridas en formato de entretenimiento terminan condicionando la percepción pública, definiendo la simpatía popular e impactando de manera directa en quién gana o pierde unas elecciones presidenciales.

El debate narrativo ya no solo pertenece a las élites intelectuales. Entender la geopolítica actual exige también comprender que el sentido común de las mayorías ya no se moldea en las universidades ni en los grandes diarios, sino en el scroll infinito de una pantalla. Si las fuerzas que buscan un equilibrio o una alternativa soberana en la región no son conscientes de esta nueva realidad digital, podrían perder mucho espacio en la escena internacional e incluso limitar su influencia regional porque, lamentablemente, en esta sociedad banal, el cuento lo están contando desde los algoritmos.