Opinión. Friday, 04 de September, 2026
¿Qué se puede pensar cuando un servidor del Estado, un miembro de nuestra Policía Nacional, se ve obligado a lanzarse de un tercer piso por el temor de ser atacado por quienes deberían proteger el orden? El caso del raso Brailyn Rosario de los Santos, de apenas 23 años, no es un accidente aislado: es una alarma roja que debemos escuchar todos.
Según lo relatado por su padre, el joven descansaba cuando agentes de Migración, cubiertos con pasamontañas, irrumpieron de manera violenta en su apartamento en Santiago. Sin identificarse, sin mostrar orden judicial, actuando como delincuentes. ¿Qué otra cosa podía pensar un hombre joven, solo, de madrugada? Su instinto de preservación le dijo: huye. Y huyó como pudo, por la ventana.
El resultado: fracturas graves, cirugía urgente, un futuro incierto. Y lo que es peor: tras caer herido, fue arrastrado. No fue auxiliado. Fue tratado como un enemigo, hasta que los vecinos gritaron la verdad: ¡es un policía! También denuncia que le desaparecieron ahorros destinados a comprar un vehículo. Su habitación fue saqueada. Dos agentes del orden más, que vivían en el mismo edificio, también fueron afectados.
Esto no puede quedar impune. Las instituciones existen para servir, no para aterrorizar. Ningún funcionario del Estado tiene derecho a entrar a un hogar sin orden judicial, encapuchado, a horas de la madrugada. Cuando el ciudadano no puede distinguir entre quien lo debe proteger y quien lo puede agredir, el Estado ha fallado.
Pedimos una investigación profunda, transparente y expedita. Que los responsables sean identificados, sancionados y sometidos a la justicia. Que se le restituya lo robado al raso Brailyn Rosario. Y que se establezcan protocolos claros: nadie puede entrar a una casa de esa manera, sin importar la institución a la que pertenezca.
La confianza en nuestras instituciones no se impone: se gana con respeto, con ley, con humanidad. Si perdemos eso, perdemos todo.
Por: Luis Padilla