Opinión. Monday, 06 de July, 2026
Por: Jeffrey Medina
Cada vez que ocurre un sismo aparecen las mismas recomendaciones en redes sociales, grupos de WhatsApp e incluso en algunas organizaciones: «¡Salgan inmediatamente!». El problema no radica en la intención de proteger, sino en convertir una respuesta compleja en una regla absoluta. La gestión de emergencias no funciona a partir de frases virales; funciona mediante la evaluación del riesgo, la preparación previa, el comportamiento humano, las características de la edificación, la existencia de daños observables, además del cumplimiento de protocolos previamente establecidos.
Uno de los errores más frecuentes consiste en confundir magnitud con intensidad. La magnitud expresa la energía liberada por el terremoto, se determina mediante instrumentos especializados, tampoco está disponible de forma inmediata para quienes experimentan el evento. La intensidad describe los efectos percibidos sobre las personas, las edificaciones, el entorno. Desde la perspectiva de la respuesta ante emergencias, la intensidad aporta mucho más valor para decidir si corresponde evacuar.
Resulta llamativo observar cómo muchas personas preguntan segundos después de un sismo: «¿De cuánto fue?». La realidad consiste en que ese número no cambia absolutamente nada respecto a la decisión inmediata. Ningún colaborador dentro de una oficina, ningún estudiante dentro de un aula, ningún visitante dentro de un centro comercial conoce la magnitud real durante los primeros segundos. Lo único que realmente puede valorar corresponde a lo que ocurre a su alrededor: caída de objetos, daños visibles, grietas recientes, desprendimientos, deformaciones, dificultad para permanecer en un lugar seguro.
La experiencia internacional demuestra que evacuar indiscriminadamente también genera víctimas. Escaleras saturadas, personas empujándose, caídas, tropiezos, exposición a fachadas, vidrios, elementos ornamentales, circulación vehicular descontrolada constituyen escenarios que incrementan el riesgo cuando la evacuación se ejecuta sin criterio técnico. En numerosos eventos sísmicos alrededor del mundo, las lesiones producidas durante evacuaciones desorganizadas han superado incluso aquellas ocasionadas por daños estructurales.
Por esa razón, los protocolos modernos priorizan una acción inicial diferente: Agáchate, Cúbrete, Sujétate mientras dura el movimiento. Solamente después de finalizar el sismo corresponde evaluar las condiciones existentes, verificar la presencia de daños, aplicar el protocolo de la organización, decidir si la evacuación resulta necesaria.
Otro aspecto que suele pasar desapercibido consiste en que República Dominicana experimenta actividad sísmica prácticamente todos los días. En promedio ocurren varios movimientos diarios, la mayoría de baja magnitud, muchos de ellos imperceptibles para la población. Si cada vibración implicara evacuar edificios, hospitales, industrias, hoteles, escuelas, centros comerciales, la continuidad operativa sería imposible. Precisamente por esa razón la respuesta debe fundamentarse en procedimientos técnicos, nunca en el miedo.
La verdadera pregunta nunca debió ser ¿Debo salir cada vez que tiembla? La pregunta correcta consiste en ¿Mi organización sabe exactamente cuándo evacuar, ¿cómo hacerlo, ¿quién toma la decisión, cuál ruta utilizar, ¿dónde concentrar al personal, ¿cómo verificar que todos estén a salvo? Cuando esas respuestas no existen, el problema nunca ha sido el terremoto. El problema comienza mucho antes.
La prevención no inicia cuando la tierra empieza a moverse. La prevención comienza meses antes, mediante planes de emergencia, protocolos de evacuación, brigadas entrenadas, simulacros periódicos, formación continua, liderazgo visible. Cuando todo eso existe, las personas reaccionan con criterio; cuando no existe, reaccionan con miedo.
Porque, al final, la seguridad no depende del próximo terremoto. Depende del nivel de preparación que tengamos antes de que ocurra.