Opinión. Monday, 06 de July, 2026
Por: José Miguel Mañon Martinez
El pasado 5 de julio se conmemoró el centenario del natalicio del doctor Salvador Jorge Blanco, una de las figuras más influyentes de la historia política y jurídica de la República Dominicana. Sin embargo, la fecha pasó prácticamente inadvertida para el Partido Revolucionario Moderno (PRM), que ese mismo día celebró una asamblea extraordinaria sin dedicar una sola referencia pública a quien, con sus luces y sus sombras, contribuyó significativamente al fortalecimiento de la democracia dominicana.
La historia de un país no puede escribirse únicamente con los episodios que resultan cómodos para el presente. Los grandes líderes deben ser valorados en toda su dimensión, reconociendo tanto sus aciertos como sus errores. Ese es el verdadero ejercicio de la memoria democrática.
Salvador Jorge Blanco no fue solamente Presidente de la República entre 1982 y 1986. Antes de ocupar la Presidencia, fue un destacado abogado que asumió la defensa de numerosos ciudadanos perseguidos por razones políticas durante el régimen de Joaquín Balaguer. Desde los tribunales defendió libertades públicas, el debido proceso y principios esenciales del Estado de derecho, dejando un legado jurídico que trasciende la lucha partidaria.
Resulta difícil comprender que una organización política cuyos principales dirigentes reivindican las mejores tradiciones democráticas del antiguo Partido Revolucionario Dominicano haya dejado pasar una fecha de semejante trascendencia sin un reconocimiento institucional.
Más llamativo aún es el silencio de dirigentes como Eduardo Sanz Lovatón y Sigmund Freund, identificados por muchos como herederos políticos del pensamiento y la escuela de Salvador Jorge Blanco. Hasta donde ha sido de conocimiento público, no se ha producido un homenaje significativo a quien fue una referencia política para generaciones de dirigentes democráticos. Esa ausencia inevitablemente genera interrogantes, ¿se trata de amnesia política o de una forma de ingratitud histórica?
La situación adquiere una dimensión aún más interesante cuando se observa que el propio PRM sí rindió homenaje a Hatuey Decamps, otro gigante de la política nacional y figura indispensable de la historia del PRD. Se trata, sin duda, de un reconocimiento merecido.
Sin embargo, surge una pregunta inevitable: ¿por qué reconocer a Hatuey De Camps y guardar silencio sobre Salvador Jorge Blanco, cuando ambos fueron protagonistas de una misma etapa histórica y ambos compartieron responsabilidades, aciertos y desaciertos dentro del gobierno perredeísta de 1982-1986?
Si algunos sostienen que el distanciamiento con Salvador Jorge Blanco obedece a decisiones políticas tomadas durante su trayectoria o a las controversias que marcaron su liderazgo, también habría que recordar que Hatuey De Camps protagonizó uno de los episodios políticos más trascendentes de la historia reciente al romper con Hipólito Mejía y llamar públicamente a votar «por el diablo» antes que respaldar su reelección. Aquel episodio forma parte del debate histórico sobre las causas que llevaron al PRD a perder el poder.
Precisamente por eso, la historia no puede administrarse con criterios selectivos. Si se reconoce a unos por sus aportes sin desconocer sus controversias, el mismo criterio debe aplicarse a todos. De lo contrario, la memoria deja de ser un ejercicio de justicia histórica para convertirse en un instrumento de conveniencia política.
Salvador Jorge Blanco merece ser recordado no porque haya sido un político perfecto, sino porque desempeñó un papel determinante en la consolidación de las instituciones democráticas, en la defensa del Estado de derecho y en la formación de generaciones de dirigentes que hoy ocupan importantes posiciones públicas.
Olvidarlo no modifica su legado. Pero sí dice mucho sobre la forma en que una organización política decide relacionarse con su propia historia.
La democracia necesita memoria. Y la memoria, para ser auténtica, no puede ser selectiva.