Opinión. Wednesday, 29 de July, 2026
Hace dos años le confesé a un amigo de experiencia política que me gustaría aportar al municipio como regidor, y él me dijo: «Si tú quieres ser un regidor eficiente, trata de ser como él». Le dije que me dijera a quién debía parecerme, y me respondió: «Déjame hablarte de esa persona, porque es demasiado grande para definirlo en una sola frase». Y enseguida me narró parte del legado de ese gran referente ético.
El doctor Domingo Jiménez fue, es y será el máximo referente de lo que significa un regidor pulcro, honesto, conocedor de las leyes municipales y, sobre todo, un concejal firme en la defensa de los derechos de los munícipes.
Domingo Jiménez nunca se arrodilló ante ningún alcalde. Su principio ético en el ejercicio de sus funciones lo mantenía con la cabeza erguida y la mirada fija, como si cargara dentro un compás que solo él sabía leer. Nada lo intimidaba.
Hoy este escrito no busca elogiar a ese gran personaje, porque no necesita de nuestro elogio: siempre estuvo por encima de todo eso. Solo compartir lo que ese veterano me dijo con voz graves peo entusiasmado continuo En nuestra infancia, en la calle Francisco del Rosario Sánchez, donde el calor de la tarde se quedaba pegado a la piel y las radios dejaban escapar el merengue por las ventanas abiertas, lo recuerdo bailando, a los ocho años de edad, descalzo sobre el asfalto tibio, la canción El tabaco es fuerte, de Johnny Ventura, mientras el público joven y adulto por igual le hacía ronda y lo aplaudía ante la destreza de aquel niño que parecía saber, incluso entonces, que estaba destinado a algo distinto.
Su hermano Jorge, un jovencito de más edad que Domingo en aquellos tiempos de preadolescencia, era quien conquistaba a las muchachas más bellas del barrio. Pero Domingo, con apenas diez años, ya imponía una presencia distinta: era reconocido por saber más de cultura general que otros mayores, y también por una valentía que parecía heredada de algún antepasado guerrero. No le temía a nadie.
Cuando se hizo regidor, esa misma valentía siguió acompañándolo. No temía perder el privilegio ante los alcaldes; su voz se alzaba como un trueno en defensa de los trabajadores dominicanos, porque nació con la vocación del combate ético, la misma que otros cargan como un don y él cargó como el escudo que cargaba un soldado espartano.
Ese viejo amigo hizo una pausa y con nostalgia me dijo. En una etapa de mi vida quise ser regidor. Hasta soñé con ese cargo, soñé con la regiduría de Santo Domingo Este, y quise hacer ese sueño realidad porque quería ser como él.
Por eso, en este día en que recordamos su memoria, en este momento de crisis ética, no les pido a los regidores que sean como él, ni siquiera que se le parezcan; tan solo les pido que deseen ser como él. Porque con uno solo en el municipio que quisiera ser como él, tendríamos un mejor Santo Domingo Este. La clave de tener una mejor ciudad está en que, aunque sea un solo regidor, desee ser como Domingo Jiménez. Sus palabras quedaron dentro de mí.
Ese día nos despedimos en silencio, y hoy le digo a ese amigo que me contó la historia de Domingo Jiménez: si algún día soy regidor, quisiera ser como él.
Por Misael Lachapel