Opinión. Thursday, 20 de August, 2026
Por: Ramón Peralta
El primer indicio de este cansancio en la República Dominicana surgió en 1996. Un joven llamado Leonel Fernández convirtió su falta de experiencia en su mayor fortaleza para marcar distancia con los políticos de siempre. Incluso, desde una plataforma de izquierda, se movió con tal pragmatismo hacia el centro que terminó recibiendo el respaldo de Joaquín Balaguer, la figura cumbre de la derecha dominicana. Con un mensaje esperanzador y de fuerte empatía hacia los jóvenes y las mujeres, conquistó a esos electorados mientras lograba sinergia con un empresariado conservador que temía al PLD. Ese ejercicio pragmático lo llevó a la presidencia por encima de un líder histórico de la talla de Peña Gómez.
Al arribar el siglo XXI, un sector amplio de la población se sintió ajeno ante la modernización acelerada que introdujo Leonel. Los túneles, los elevados y el orden de los autobuses de la OMSA fueron percibidos por muchos como un gasto innecesario. La rapidez en los procesos para sacar cédulas o licencias desplazó al sector informal de los «buscones». En ese contexto irrumpió Hipólito Mejía: un candidato atípico que prometía tapar el túnel de la 27 de Febrero y sembrar yuca. El «guapo de Gurabo» enamoró a una masa que no buscaba a un intelectual, sino a alguien que hablara el lenguaje llano de la calle.
Sin embargo, en 2004, la crisis y el mal manejo económico del gobierno de Hipólito provocaron que la ciudadanía volviera la mirada hacia su referente anterior, devolviendo al PLD al poder. Cuatro años más tarde, ocurrió algo impensable en los Estados Unidos: la victoria de Barack Obama. Nadie imaginaba un presidente afroamericano en el país donde, apenas 53 años antes, Rosa Parks había sido arrestada por negarse a ceder su asiento a un hombre blanco. Aquella victoria fue una rebelión de la sociedad norteamericana contra la política tradicional y marcó el hito inaugural de las redes sociales como motor de campaña.
En 2016, contra todo pronóstico, la llegada de Donald Trump reflejó la decepción generalizada hacia el sistema de partidos. La izquierda demócrata perdió el rumbo: en lugar de abogar por conquistas sociales, intentó imponer temas como la agenda LGBT y el aborto, desligados de las aspiraciones del ciudadano común. Trump, un millonario del espectáculo envuelto en escándalos, se convirtió en el candidato de los conservadores, de los más religiosos e incluso de quienes aborrecían a los ricos de Wall Street. Ganó porque, además de capitalizar los errores demócratas, usó las redes sociales en lugar de los medios tradicionales, pagando publicidad digital mientras la prensa tradicional le daba promoción gratuita al atacarlo.
En Colombia, Abelardo de la Espriella, un hombre que se autoproclamó ateo, acaba de ganar con el voto conservador y religioso, también captó el voto de quienes temen al narcotráfico, siendo un abogado que construyó parte de su fortuna defendiendo a ese sector y prometiendo en campaña erradicarlo. Hace poco era impensable que en Colombia ganara esa copia china de Bukele; o que, en Argentina, un país exhausto, la gente le diera el voto a Javier Milei, un presidente que ha normalizado insultar públicamente. Todos estos fenómenos comparten un rasgo: se presentaron como alternativas diferentes y usaron de forma eficaz las redes sociales, al igual que la corriente de TikTok surgida en la pandemia alrededor de Bukele, con un discurso que interpretaba el cansancio social.
Hoy la población dominicana recuerda la muerte del Partido Reformista, el colapso del histórico PRD y el deterioro del PLD en cuidados intensivos. Mientras tanto, el PRM ve decrecer su padrón en el gobierno, la Fuerza del Pueblo registra menos votos que inscritos y crece un electorado que no simpatiza con ningún partido. Ese vacío abre espacio a figuras como Santiago Matías, quien no cuenta con condiciones políticas ni para dirigir una alcaldía.
El PLD, buscando sobrevivir, intentó generar ruido con Gonzalo Castillo, un político atípico incapaz de articular una idea de cinco palabras a pesar de ser un hombre inteligente y exitoso. La apuesta por «El Penco» es vital para que ese partido supere el 10%, pero el proyecto presidencial de Santiago Matías acaba de frenar el empuje de ese último referente morado en obtener una alta votación.
El escenario de fondo está marcado por un crecimiento económico ficticio a base de deuda, desempleo oculto tras las estadísticas, una inflación que contradice los datos del Banco Central, la quiebra de emprendedores locales ante la competencia china, el regreso de los apagones y una policía donde agentes denuncian que sus superiores los obligan a cuidar puntos de droga.
Un pueblo agotado observa la oferta de un Leonel Fernández inteligente y con más luces que sombras, pero atrapado en un partido lleno de estructuras rígidas que no conectan con la sociedad actual. Con un presidente y un secretario general que suman más de 140 años, quedan desconectados del segmento más numeroso: los menores de 35 años. La única vía para que Leonel sea opción de poder en 2028 es que la cúpula permita la participación activa de su hijo sin condiciones ni trabas, entendiendo que el padre no gana sin el hijo.
Por el lado del PRM, el virtual candidato David Collado, un producto de mercadeo respaldado por las élites, representa a un sector beneficiado con exoneraciones fiscales millonarias y vinculado al desplazamiento de la mano de obra local por la haitiana. Por su parte, la opción del PLD su presidente guarda como principal obsesión evitar el retorno de Leonel.
En este panorama irrumpe Santiago Matías (Alofoke). Con un discurso basado en el conflicto y bien mercadeado, podría desempeñar un papel apreciable en 2028 captando el voto de sectores vulnerables, jóvenes y adultos con escasa escolaridad, ciudadanos afectados por los apagones, víctimas de la violencia policial, personas endeudadas o golpeadas por la frustración personal. Es el voto de quienes, inmersos en el sufrimiento, desean votar por la opción más extrema. Subestimarlo sería un error: contaría además con el respaldo tácito de sectores de la élite que buscan garantizar sus privilegios en el sistema actual.
En una sociedad donde la gente teme más a la policía que a los delincuentes, donde tras un accidente se prioriza robar las pertenencias de las víctimas y donde en los barrios señoras que se ufanan de ser honorables defienden a los vendedores de sustancias prohibidas, cualquier cosa puede pasar en el 2028. Aunque la probabilidad sea baja, un escenario de este tipo representaría una sacudida peor que un terremoto de categoría 9. Sin embargo, el riesgo no frenará a un electorado dispuesto a que nos jodamos todos con tal de manifestar su rechazo al sistema.