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La inteligencia artificial y la repentina multiplicación de los genios

Opinión. Tuesday, 22 de September, 2026

El domingo, en RD Debate, vi a uno de los exponentes considerar injusto culpar a la inteligencia artificial de las deficiencias educativas de los estudiantes dominicanos, porque los problemas de lectoescritura y comprensión matemática son anteriores a estas herramientas, sin embargo, yo pienso que en nuestro sistema educativo está pasando algo que pocos se atreven a decir en voz alta: los jóvenes no investigan y los profesores no leen.

Un estudiante que antes sufría para escribir una página ahora entrega diez, perfectamente organizadas, sobre un tema que apenas entiende. Y el profesor, desbordado por tantos trabajos impecables, descubrió que también puede usar inteligencia artificial para corregirlos.

La escena tiene algo de comedia. Una IA redacta el trabajo que el estudiante, no leyó, poco investigó y menos no escribió. Otra IA evalúa el trabajo que el profesor tampoco leyó. El estudiante recibe su nota, el profesor cumple con su evaluación y el sistema registra que todo salió bien.

Y posiblemente nadie aprendió nada.

Pero sería demasiado fácil culpar a la tecnología. Nuestro problema con la lectura viene de mucho antes. Durante buena parte de nuestra historia, el acceso de los dominicanos a la educación formal fue muy limitado; las escuelas, universidades y libros al alcance de la mayoría son algo relativamente recientes. Y todavía arrastramos una confusión sobre qué significa realmente leer.

Confieso que nunca he sido gran lector de novelas. Mi relación con la lectura ha sido otra. En casi treinta años en el sector eléctrico he tenido que leer para entender cómo funcionan las cosas: una ley, un reglamento, un contrato de suministro, una resolución de la SIE, un estudio de flujo de carga, un diagrama unifilar, un informe financiero. Es la lectura que obliga a detenerse, volver tres páginas atrás, buscar otra fuente, hacer el cálculo y preguntarse si aquello tiene sentido.

No da para grandes tertulias literarias, pero desarrolla algo indispensable: criterio.

Y el criterio es justamente lo que la inteligencia artificial está poniendo a prueba, dentro y fuera del aula.

Porque desde que llegó la IA he visto multiplicarse los genios. Gente a la que durante años le escuché ideas bastante elementales —y alguna que otra sandez memorable— ahora publica reflexiones impecables: buena estructura, las comas en su sitio, palabras que nunca les había oído y ese tono sereno de quien parece haber meditado semanas sobre los grandes problemas del país.

El único detalle es que, cuando uno aparta la redacción y busca la idea, muchas veces sigue ahí la misma bobada de antes. Solo que ahora viene bien escrita.

Que quede claro: no estoy en contra de la IA. La uso a diario, la estudio y me parece una de las herramientas más extraordinarias de nuestro tiempo. Para un ingeniero, un abogado, un médico o cualquier profesional que tenga que analizar información y contrastar documentos, es un multiplicador enorme.

El problema empieza cuando confundimos producir un buen texto con producir una buena idea.

Antes, escribir servía de filtro: para explicar algo había que entenderlo, ordenarlo y pelear con las palabras. El resultado podía salir mal redactado, pero mostraba hasta dónde llegaba el conocimiento de quien escribía. Ese filtro desapareció. Hoy cualquiera mete tres ocurrencias desordenadas en una máquina y recibe un texto elegante, prudente y aparentemente serio.

Entonces vale preguntarse: ¿la idea mejoró, o simplemente la peinaron?

En electricidad aprendemos temprano que un medidor puede tener una pantalla impecable y estar mal calibrado. Marca bonito, pero marca mal. Y para darse cuenta hay que saber cuánto debería estar marcando. Con la IA pasa igual: no es lo mismo usarla después de veinte años en una disciplina que usarla sin saber distinguir si la respuesta tiene sentido. En el primer caso multiplica capacidades. En el segundo, fabrica seguridad sin fundamento.

Que la máquina redacte, resuma, organice e investigue. Sería absurdo no aprovecharla. Lo que no podemos entregarle es el juicio. Al final, alguien tiene que decidir si lo escrito tiene sentido, y ese alguien todavía somos nosotros.

Por eso, cuando veo tantos nuevos intelectuales publicando tratados elegantes en las redes, ya no me impresiona la redacción. Prefiero buscar la idea.


Por Wilson Castillo Casado