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La ONU cuando dejamos de escucharnos, fracasa la diplomacia

Opinión. Wednesday, 23 de September, 2026

La Organización de las Naciones Unidas nació en 1945 sobre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial. Después de millones de muertos, el mundo entendió una verdad elemental: es preferible sentarse frente al adversario y escucharlo que encontrarse con él en un campo de batalla.

Ochenta y un años después, ese principio atraviesa una profunda crisis.

En septiembre de 2025 quedó una imagen difícil de ignorar: cuando el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu subió a la tribuna de la Asamblea General, representantes de decenas de países abandonaron el salón en protesta por la guerra en Gaza. Netanyahu continuó su discurso ante numerosos asientos vacíos, defendiendo las operaciones de Israel y exigiendo la liberación de los rehenes.

En esta Asamblea de 2026, la confrontación continúa. Durante la intervención del presidente estadounidense Donald Trump, miembros de las delegaciones de Cuba e Irán abandonaron el recinto, mientras el mandatario formulaba durísimas declaraciones contra ambos gobiernos y planteaba incluso la posibilidad de “aniquilar” a la República Islámica de Irán si no se alcanza un acuerdo.

¿En qué momento la diplomacia comenzó a convertirse en el arte de no escuchar al adversario?

Escuchar no significa apoyar. Permanecer sentado no significa estar de acuerdo. La diplomacia existe precisamente porque existen diferencias.

Pero la crisis de la ONU no se limita a los discursos.

Ahí tenemos a Haití, quizás uno de los ejemplos más cercanos para nosotros los dominicanos. Tras el asesinato del presidente Jovenel Moïse en 2021, la crisis haitiana se profundizó hasta alcanzar niveles extremos de violencia, desplazamiento y deterioro institucional. En 2026, aproximadamente 1.5 millones de personas permanecen desplazadas internamente, mientras los grupos armados mantienen control sobre territorios y corredores estratégicos.

Durante años la comunidad internacional ha debatido, aprobado resoluciones y diseñado diferentes mecanismos para Haití. La actual Fuerza de Supresión de Pandillas, autorizada por el Consejo de Seguridad en 2025 para sustituir la anterior misión multinacional, todavía no había alcanzado su despliegue completo a mediados de 2026.

Mientras la ONU discute, República Dominicana recibe directamente las consecuencias de tener al otro lado de su frontera un Estado sometido a una gravísima crisis de seguridad, institucionalidad y gobernabilidad. No por casualidad la situación haitiana vuelve a ocupar un lugar prioritario en la agenda dominicana ante esta Asamblea General.

Y aquí aparece la gran contradicción histórica.

La Carta de las Naciones Unidas proclama la igualdad soberana de los Estados, pero cinco potencias —Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido— conservan desde el orden surgido en 1945 el poder permanente de veto en el Consejo de Seguridad.

El mundo cambió, pero la estructura fundamental del poder mundial dentro de la ONU cambió muy poco.

Gaza, Ucrania, Haití, Sudán y las crecientes tensiones entre las grandes potencias ponen diariamente a prueba un sistema concebido después de otra guerra y para otra realidad geopolítica.

Por eso el debate no debe ser simplemente si la ONU debe desaparecer.

La pregunta verdaderamente incómoda es otra:

¿De qué sirve una organización creada para que las naciones dialoguen, si cuando habla quien piensa diferente nos levantamos y nos vamos; y de qué sirve proclamar el Derecho Internacional si su capacidad de aplicación termina condicionada por los intereses de quienes tienen mayor poder?

La ONU necesita recuperar autoridad, equilibrio y capacidad de respuesta. Necesita una reforma que corresponda al mundo multipolar del siglo XXI y no solamente al reparto de poder resultante de 1945.

Porque la historia ya nos dejó una advertencia que no deberíamos necesitar aprender nuevamente:

cuando las naciones dejan de hablar y de escucharse, fracasa la diplomacia.

Y cuando fracasa la diplomacia, comienza a hablar la fuerza.

 


Por José Miguel Mañón Martínez

Abogado y agrimensor