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¿Qué le dijo el presidente Abinader a Manuel Jiménez?

Opinión. Friday, 02 de October, 2026

A las cinco y cuarenta y nueve de la tarde, cuando atravesé el pasillo derecho de la sala del profesor Juan Bosch, el auditorio padecía una soledad de menos de la mitad de su capacidad. Saludé al autor del libro con la reverencia de los viejos tiempos y me deslicé con la discreción de un reo hasta un asiento en el pasillo izquierdo, bien al fondo, sopesando las rutas de escape ante cualquier temblor de tierra de esos que sacuden la memoria. Max Puig y otros veteranos de la izquierda histórica ya ocupaban sus puestos con la puntualidad de los espíritus que no quieren perderse el juicio final.

La ceremonia estaba citada para las seis y cuarenta, pero se demoró dos minutos por razones que la razón oficial nunca termina de descifrarse. De pronto, como una ráfaga de brisa fina, me pasó por el lado una mujer delgada que saludaba con una elegancia de nobleza popis; no la reconocí en el instante, pero la posteridad me enteraría de que era la alcaldesa Carolina Mejía. Cinco minutos después irrumpió un hombre dinámico, repartiendo manotazos de compadre a diestra y siniestra por el pasillo. Me pasó tan cerca que casi pude tocar su sombra, pero la penumbra cómplice de la sala me hurtó los rasgos. Solo cuando el rigor del protocolo lo sentó a tiro de piedra del autor, y comenzaron a desfilar los devotos a rendirle pleitesía con una disciplina de sacristía, caí en cuenta de que se trataba del expresidente Hipólito Mejía, bregando con los engranajes invisibles del poder.

A las seis y treinta y nueve, con la puntualidad de un reloj suizo que aún no sabía dónde estaba pisando, la maestra de ceremonias Ovelis Moreno anunció la llegada del presidente Luis Abinader. El público lo recibió con un aplauso educado, de esos que no comprometen el alma. En su tránsito marcial por el pasillo, me tiró un ojo con la complicidad de un viejo pirata, y yo, por pura cortesía  barrial, le devolví el guiño con una sonrisa tímida.

Tres minutos más tarde, a las seis y cuarenta y dos, sin previo aviso, estalló una música suave, de esas que se ejecutan en salones donde se mastica con la boca cerrada. Un músico emergió del pasillo derecho tocando un instrumento de viento, si era saxofón o trompeta lo ignoro, pues mi ignorancia musical es un abismo tan hondo que me produce sonrojo confesarla en público.

El acto despegó con la maestra de ceremonias enumerando a los notables. Los aplausos cayeron con la precisión matemática de un metrónomo y la severidad de la ley número uno del poder de Robert Greene. Nadie gritó un desaforado «¡Ese sí es bueno!», ni descerrajó ninguna de esas hipérboles de adulación barata que pueblan nuestros barrios cuando ven políticos a quienes pueden chapear; aquel gentío parecía importado directamente desde Berna y no sacado de los callejones de Santo Domingo Este, donde la indisciplina es el estado natural.

Para entonces, el salón estaba lleno de  gente por las costuras; incluso, cuando las luces del final ya se apagaban, seguían arribando rezagados con un sentido del tiempo profundamente distorsionado, como si vivieran en otra galaxia.

Tony Rodríguez, fiscal nacional del Partido Revolucionario Moderno, desgranó un panegírico sobre la gestión de Manuel Jiménez regado de abundantes elogios. Lo más curioso ocurrió en el turno  de la semblanza: en lugar de llamar a un jerarca condecorado con medallas de soberbia, llamaron a una modesta trabajadora comunitaria que, a pesar de servir en las entrañas de la alcaldía, nunca ostentó el rango de directora. Un gesto sutil de inclusión que dejó a más de uno con la boca abierta.

La sorpresa mayor se desató cuando se supo que el artífice del prólogo era Julián Roa, uno de los ensayistas más respetados en temas municipales, quien talló a Manuel Jiménez como un bicho raro de la política, como  un ser humano de alma limpia, rabiosamente honesto, transparente hasta el dolor y siempre pertrechado para combatir los males crónicos del pueblo.

El discurso de Manuel fue breve, destilado con el tacto de un estadista que conoce de memoria la tiranía del tiempo presidencial.

El broche de oro llegó cuando el presidente Abinader recibió de manos del autor un ejemplar de su libro LO QUE NO SE DIJO. Pero lo verdaderamente magnético, el enigma que electrizó la atmósfera, no fue el libro, sino lo que murmuraba el presidente  cerca  oído del exalcalde. Fueron más de treinta segundos interminables en los que Abinader le deslizó  cerca del oído algo que jamás se había pronunciado en público.

Apenas bajaron de la tarima, la maestra de ceremonias dictó la retirada del mandatario. Abinader echó a andar escoltado por Manuel, pero este último fue cazado al vuelo en el corredor por Karim Abu Naba, el influencer conocido como el «príncipe Karim», quien se atornilló junto a él para posar con el libro recién comprado y cruzar números telefónicos, un entremés digno de otro capítulo que contaremos en el futuro.

Clausurado el evento, una marea de devotos asedió a Manuel Jiménez para que les firmara los ejemplares. A poca distancia, Hipólito Mejía, con el olfato infalible de un viejo zorro de la manigua política, estiró la sobremesa social haciendo tejido fino para blindar el destino de su hija Carolina.

Aun dentro del salón me topé fugazmente con Mercedes Frías, la primera dominicana que cruzó el charco para legislar en Europa como diputada. En la salida se deslizaba el embajador de Cuba con su libro bajo el brazo, ignorando si el autor había tenido a bien rubricárselo. Más afuera divisé al periodista Juan Cruz Trifolio, que llegaba a pasos largos con la desorientación de quien pisa una escena del crimen cuando ya se han llevado los cadáveres.

Me encaramé en el metro y, al descender en las entrañas de Los Mina, me topé con un par de parroquianos  frente a un colmado, con los ojos inyectados en sangre mientras veían un juego de béisbol de las Grandes Ligas y proferían improperios irreproducibles contra un infeliz pelotero que había cometido un error que le había tumbado la tripleta. Al acercarme con sigilo, descubrí con asombro que esos mismos dos energúmenos habían estado sentados una hora antes en la presentación del libro, sepultados en un silencio sepulcral, comportándose con la pulcritud de ciudadanos escandinavos.

Eso confirma, una vez más, la vieja tesis de que los seres humanos somos criaturas moldeables que adaptan su decencia a la geografía y al sombrero de la circunstancia.

Hoy me he sentado a preparar estas líneas con la urgencia de los moribundos, porque la noche anterior el insomnio me taladró las sienes, dándole vueltas a una sola obsesión: ¿qué diablos fue lo que le dijo el presidente Abinader a Manuel Jiménez?


Por Ramón Peralta