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El PLD ante los signos del cierre de su ciclo histórico

Opinión. Friday, 02 de October, 2026

Lectura intensiva para interesados

Una mirada desde la experiencia de quien vivió desde dentro su construcción, su etapa de poder, su ruptura y el nacimiento de una nueva fuerza política.

Mi relación con el Partido de la Liberación Dominicana no es la de un observador externo. Mi historia política comenzó allí desde muy joven, en los primeros años de la década de 1980. En Peralta, Azua, con apenas 22 años, fui candidato a vice síndico, como se denominaba entonces esa posición, y posteriormente llegué a ser considerado para la candidatura a síndico de mi municipio. Mi trayectoria dentro del PLD recorrió prácticamente todos sus niveles: Comité de Trabajo Peledeísta (CTP), Comité de Base, Dirección Media, dirigencia nacional, vicesecretaría de Prensa, enlace en varios municipios de distintas provincias del país, vicesecretario general con la entrada de Reynaldo Pared Pérez como secretario general, con apenas 32 años, y miembro del Comité Central en dos ocasiones, en ese entonces, por lo nacional. Participamos, además, en tareas electorales, organizativas, de prensa, seguridad y formación política, recorriendo numerosos municipios del país y trabajando directamente con dirigentes nacionales.

Por eso, cuando hablamos del PLD, lo hacemos desde el conocimiento de una organización que contribuyó decisivamente a formar mi pensamiento político. Conocimos muy bien sus métodos de trabajo, sus estructuras, sus dirigentes, sus procesos internos, sus fortalezas y también sus contradicciones. Fuimos parte de aquella generación que entendió la política como una escuela de organización, disciplina y servicio, bajo la orientación del profesor Juan Bosch. Esa historia no desaparece porque posteriormente hayamos tomado caminos políticos diferentes; forma parte de la memoria política de quienes contribuimos a construir aquella organización, porque sigue y seguirá la influencia del profesor Juan Bosch en nuestro accionar político y personal.

A raíz de un encuentro personal que sostuve con el presidente Leonel Fernández, y desde su salida de la Presidencia de la República, tomamos la decisión de seguirlo, apoyarlo y trabajar por su retorno al poder, junto a un trabajo muy importante con el compañero Franklin Almeyda Rancier y otros compañeros que asumimos las tareas que nos fueron asignadas directamente en aquella nueva etapa por el compañero presidente y líder de la FP.

Acompañamos ese proceso hasta las primarias de 2019, cuando las circunstancias del reloj marcaron una nueva etapa. Fue entonces cuando tomamos, definitivamente, la decisión de salir del Gobierno y del PLD para asumir, junto al presidente Leonel Fernández y sus compañeros, la construcción y formación de la Fuerza del Pueblo. Fue una decisión consciente, sustentada en mis convicciones y en la comprensión de la dimensión histórica de aquel momento.

La discusión que planteamos ahora, por tanto, no nace de una intención de atacar al PLD ni de intervenir en sus asuntos internos. Nace de una pregunta histórica: ¿está el Partido de la Liberación Dominicana cerrando el ciclo que lo convirtió durante décadas en una de las principales fuerzas políticas de la República Dominicana, como ha ocurrido con el PRSC y el PRD? La pregunta es pertinente porque los partidos, como las sociedades, atraviesan etapas: nacen, crecen, alcanzan el poder, se transforman, pueden perder su centralidad y eventualmente encontrar nuevas formas de existencia política. Por no decirlo muy didáctico, como en las aulas de primaria: nacen, crecen, se reproducen y mueren.

El PLD tuvo una etapa extraordinaria de protagonismo nacional, especialmente durante los gobiernos de Leonel Fernández y Danilo Medina, y también, incluso, antes de llegar al poder, desde la oposición. Gobernó y transformó durante largos períodos, construyó una estructura territorial extensa, formó dirigentes y cuadros políticos y tuvo una influencia determinante sobre la vida institucional dominicana. Pero precisamente por esa dimensión histórica, sus derrotas y transformaciones posteriores no pueden analizarse como acontecimientos ordinarios. Cuando una organización que ha ejercido el poder durante tantos años pierde el Gobierno, la pregunta no es solamente por qué perdió una elección, sino qué ocurrió con las condiciones políticas, sociales y organizativas que durante años le permitieron ganar.

La ruptura de 2019 constituye, en ese sentido, un punto de inflexión. La salida de Leonel Fernández no fue simplemente el desplazamiento de un dirigente de una organización; significó la separación de un liderazgo que había sido central en la construcción del PLD moderno y de la gobernanza de progreso, prosperidad y desarrollo de políticas públicas con Visión de Estado. Después vino la elección presidencial de 2020, en la que el PLD y sus aliados obtuvieron 1,537,078 votos, equivalentes al 37.46 % de los votos válidos, frente al 52.52 % obtenido por el PRM y sus aliados. Aquella elección puso fin a una prolongada etapa de gobiernos peledeístas y abrió una nueva configuración del sistema político.

Sin embargo, una derrota electoral no significa automáticamente la desaparición de un partido. El PRD y el PRSC demuestran que una organización puede perder la condición de fuerza dominante y continuar existiendo dentro del sistema político. La verdadera cuestión es si conserva la capacidad de reconstruir una relación significativa con la sociedad. En el caso del PLD, los resultados posteriores muestran un debilitamiento considerable de su posición electoral y de su autoridad de todo tipo respecto de la etapa en que ejercía el poder, pero ese dato debe analizarse junto con su estructura territorial, representación institucional, liderazgo y capacidad de renovación.

Aquí aparece un segundo problema: la marca política. Los partidos no viven solamente de sus estructuras; viven también de lo que representan en la conciencia de los ciudadanos. Después de largos períodos de gobierno, una organización acumula realizaciones, pero también responsabilidades, conflictos y percepciones. La marca PLD está asociada a una parte fundamental de la historia contemporánea dominicana, pero la memoria de sus gobiernos no garantiza por sí sola la recuperación de la confianza electoral. Una organización histórica necesita explicar qué representa hoy y qué proyecto ofrece para el futuro, más si su marca está afectada y, por tanto, débil.

También debe examinarse el papel del liderazgo. Una figura política puede mantener cohesionada una organización, conservar su identidad y prolongar su presencia pública, pero el liderazgo individual no sustituye la renovación institucional. El verdadero desafío consiste en determinar si el partido puede reconstruir un proyecto colectivo que trascienda a sus principales figuras y vuelva a conectar con generaciones que no necesariamente tienen la misma relación histórica y emocional con el PLD que tuvieron quienes participaron en su construcción.

Por eso, cuando comparamos la situación actual del PLD con la trayectoria histórica del PRD y del Partido Reformista, no estoy afirmando que los tres procesos sean idénticos. Cada partido tiene su propia historia, sus propias causas de transformación y sus propias posibilidades y, por tanto, su propia realidad del cierre de su ciclo, como fueron distintos tanto el del PRD como el del PRSC. Lo que sí puede estudiarse es un fenómeno común: el cierre de un ciclo de centralidad política. Un partido puede sobrevivir institucionalmente y, al mismo tiempo, haber terminado la etapa histórica en la que constituía una de las fuerzas principales alrededor de las cuales se organizaba el poder nacional.

Mi hipótesis es que el PLD se encuentra precisamente ante esa disyuntiva.

Los hechos de 2019, la pérdida del Gobierno en 2020, la separación de una parte importante de su liderazgo histórico, la ausencia de un líder fuerte, la afectación de la marca PLD y la evolución de su respaldo electoral constituyen elementos suficientes para analizar seriamente la posibilidad de que esté cerrando su ciclo de hegemonía y de futuro, que nadie debe desear porque es aspirar, entonces, al debilitamiento de la propia democracia. Pero la supervivencia institucional y la eventual recuperación política son cuestiones distintas y dependerán de decisiones y circunstancias que todavía están en desarrollo. La historia no permite decretar anticipadamente la desaparición de un partido. Pero tampoco existe nada en la vida humana que, por el simple deseo del principio «es lo que quiero, deseo», sea posible contra la ley histórica de la dialéctica.

Por eso, esta reflexión no pretende celebrar la crisis de una organización a la que pertenecimos y en la que nos formamos en lo político, personal y profesional durante buena parte de mi vida. Pretende comprenderla y ejercer el análisis para la historia, incluso. Quienes venimos de aquella historia tenemos incluso mayor responsabilidad para analizarla con respeto y sin resentimiento, pero con causa y autoridad. El PLD forma parte de la historia política dominicana, como también forman parte de ella el PRD, el Partido Reformista y las nuevas fuerzas surgidas de las transformaciones del sistema. La pregunta fundamental no es qué quiero yo que ocurra con el PLD, sino qué dicen los hechos sobre la etapa histórica y cíclica que está viviendo y han vivido y vivirán las organizaciones políticas de cualquier país en el mundo, y si será capaz de demostrar que puede construir una nueva etapa histórica. Porque una cosa es sobrevivir como partido y otra muy distinta es recuperar la centralidad política que alguna vez se tuvo. Creemos que eso ya no es posible.


𝓜𝓪𝓷𝓾𝓮𝓵 𝓑𝓻𝓲𝓽𝓸
𝑨𝒃𝒐𝒈𝒂𝒅𝒐/*Periodista*
𝑻𝒊𝒕𝒖𝒍𝒂𝒓 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝑺𝒆𝒄𝒓𝒆𝒕𝒂𝒓í𝒂 𝒅e 𝑨𝒆𝒓𝒐𝒏á𝒖𝒕𝒊𝒄𝒂 𝑪𝒊𝒗𝒊𝒍 *(SAC) de la FP*