Opinión. Thursday, 08 de October, 2026
La historia del trabajo también es la historia de nuestra capacidad para adaptarnos. Durante la Revolución Industrial, las máquinas transformaron la agricultura, la manufactura y el transporte. Algunas tareas desaparecieron, mientras surgieron ocupaciones vinculadas con la operación de maquinarias, la ingeniería y la administración de organizaciones más complejas. La humanidad no dejó de trabajar: desarrolló nuevas competencias y reorganizó sus sistemas productivos.
Hoy atravesamos una transformación comparable, aunque mucho más acelerada. La inteligencia artificial, la automatización, la robótica y el análisis de datos están modificando las actividades profesionales. El desafío no consiste únicamente en determinar cuáles empleos podrían desaparecer, sino en preparar a las personas para las funciones que están surgiendo y para la transformación de aquellas que continuarán existiendo.
El Informe sobre el Futuro del Empleo 2025 del Foro Económico Mundial estima que, hacia 2030, podrían crearse 170 millones de puestos de trabajo y desplazarse otros 92 millones, para un crecimiento neto de 78 millones de empleos. También prevé que un 39 % de las competencias actuales cambiará o quedará parcialmente desactualizado. Estas proyecciones no anuncian el fin del trabajo, sino una reorganización de las ocupaciones y de las capacidades necesarias para desempeñarlas.
Entre las profesiones con mayor crecimiento porcentual se encuentran los especialistas en macrodatos, los ingenieros de tecnología financiera, los especialistas en inteligencia artificial y aprendizaje automático, y los desarrolladores de software y aplicaciones. También aumentará la demanda de profesionales en ciberseguridad, energías renovables, vehículos eléctricos y tecnologías ambientales. Esto confirma que las competencias tecnológicas no son complementarias ni opcionales: constituyen una base indispensable para participar en la economía que está emergiendo.
El informe muestra una realidad más amplia. También crecerán profesiones relacionadas con la educación, la enfermería, el trabajo social, la construcción, la producción agrícola y otros servicios esenciales. El futuro laboral no estará integrado exclusivamente por programadores o científicos de datos, sino por profesionales capaces de utilizar tecnología en sectores productivos, educativos, sanitarios, ambientales y sociales.
La inteligencia artificial y los datos encabezan las competencias de mayor crecimiento, seguidas por las redes, la ciberseguridad y la alfabetización tecnológica. A ellas se suman el pensamiento analítico, la creatividad, la adaptabilidad, el liderazgo y el aprendizaje permanente. El profesional del futuro deberá combinar conocimientos técnicos con la capacidad de analizar problemas y desenvolverse en escenarios cambiantes.
Esta realidad interpela directamente a la academia. Las universidades no pueden limitarse a incorporar una asignatura aislada sobre inteligencia artificial ni a enseñar el manejo temporal de determinadas plataformas. Deben revisar sus planes de estudio, fortalecer la investigación, actualizar las competencias docentes y promover capacidades en análisis de datos, automatización, programación, ciberseguridad, pensamiento sistémico y uso ético de la tecnología.
Para la República Dominicana, esta transformación representa una oportunidad de desarrollo. El país necesita profesionales capaces de aplicar la inteligencia artificial en la educación, la salud, la agricultura, el turismo, la industria, la administración pública y los servicios financieros. No basta con consumir soluciones tecnológicas creadas en otros lugares. También debemos formar talento para investigar, diseñar, adaptar y evaluar tecnologías de acuerdo con nuestras necesidades productivas y sociales.
Esto requiere una articulación efectiva entre universidades, empresas y Estado. La academia debe anticipar las competencias emergentes; el sector productivo debe participar en la formación; y las políticas públicas deben ampliar el acceso a la tecnología, apoyar la innovación y reducir las desigualdades formativas. Preparar al país no puede depender exclusivamente del esfuerzo individual de cada trabajador.
La Revolución Industrial demuestra que la tecnología puede desplazar tareas sin eliminar la capacidad humana de crear nuevas formas de trabajo. La diferencia actual está en la velocidad del cambio. Necesitamos sistemas educativos más ágiles, programas de actualización permanente y una cultura que valore el aprendizaje durante toda la vida.
El futuro profesional será el resultado de integrar conocimientos especializados, competencias digitales y capacidades para comprender contextos, resolver problemas y generar valor. Las sociedades que entiendan esta combinación estarán mejor preparadas para transformar la innovación en productividad, inclusión y bienestar.
La pregunta ya no es cuáles profesiones sobrevivirán a la tecnología. La verdadera pregunta es si seremos capaces de formar, desde ahora, a las personas que construirán el país que esa tecnología hace posible.
Por Franqueysi Severino
Docente, especialista en administración.