Opinión. Monday, 12 de October, 2026
El pasado 9 de octubre, Panamá experimentó un terremoto de magnitud 7.7 que sacudió gran parte de su territorio, provocando daños en edificaciones, afectaciones en infraestructuras, decenas de heridos y numerosas réplicas, pero sin registrar víctimas mortales hasta el momento de redactar este artículo. Este acontecimiento nos invita a reflexionar sobre una realidad que muchas veces desconocemos: la magnitud de un terremoto no determina, por sí sola, la cantidad de víctimas ni la magnitud de los daños que puede ocasionar, pues las consecuencias también dependen de las condiciones estructurales, la ubicación del fenómeno, la vulnerabilidad de las comunidades y su capacidad de respuesta.
Para comprender esta realidad basta con recordar dos acontecimientos ocurridos durante el año 2010. El 12 de enero, Haití sufrió un terremoto de magnitud 7.0 que provocó una de las mayores tragedias humanitarias de nuestra región, con estimaciones que alcanzan aproximadamente 300,000 fallecidos, mientras que apenas 46 días después, Chile enfrentó un terremoto considerablemente superior, de magnitud 8.8, acompañado de un tsunami, que dejó 525 fallecidos, además de importantes pérdidas materiales. Aunque ambos acontecimientos tuvieron consecuencias devastadoras, la diferencia en el número de víctimas demuestra que un movimiento sísmico de mayor magnitud no necesariamente produce una mortalidad superior.
Estas diferencias encuentran parte de su explicación en dos elementos fundamentales de la gestión del riesgo sísmico: la capacidad sismorresistente de las edificaciones y el nivel de preparación de la población. Un país que desarrolla sus infraestructuras bajo criterios adecuados de ingeniería sísmica, supervisa el cumplimiento de sus normativas de construcción, evalúa sus edificaciones existentes y fortalece las competencias de sus ciudadanos para responder ante emergencias tiene mayores posibilidades de reducir las consecuencias de un terremoto, incluso cuando enfrenta movimientos de gran magnitud.
Sin embargo, disponer de edificaciones resistentes no resulta suficiente cuando sus ocupantes desconocen cómo actuar durante un movimiento sísmico, del mismo modo que realizar simulacros pierde efectividad cuando las estructuras presentan vulnerabilidades capaces de provocar su colapso. La verdadera preparación requiere integrar ambos componentes mediante políticas públicas, educación preventiva, inspecciones estructurales, protocolos de emergencia y ejercicios prácticos que permitan transformar el conocimiento en comportamientos seguros.
En República Dominicana, esta reflexión adquiere especial relevancia por nuestra ubicación geográfica y exposición a importantes sistemas de fallas tectónicas, condiciones que nos obligan a preguntarnos si el crecimiento inmobiliario de las últimas décadas ha estado acompañado de una supervisión suficientemente rigurosa del cumplimiento de las disposiciones sismorresistentes, pero también si nuestros ciudadanos, centros educativos, empresas e instituciones públicas cuentan con la preparación necesaria para responder adecuadamente ante un terremoto de gran intensidad.
No podemos continuar evaluando nuestra preparación únicamente por la cantidad de personas que participan en los simulacros nacionales, pues el verdadero indicador debe ser la capacidad demostrada para protegerse durante el movimiento, identificar condiciones inseguras, ejecutar una evacuación cuando corresponda y responder de manera organizada ante sus consecuencias. La prevención sísmica debe convertirse en una práctica permanente que trascienda las campañas ocasionales, involucrando tanto a las autoridades responsables de garantizar edificaciones seguras como a una ciudadanía consciente de su responsabilidad frente al riesgo.
La naturaleza determina cuándo ocurre un terremoto, pero nuestras decisiones influyen considerablemente en sus consecuencias. Panamá, Haití y Chile nos recuerdan que no basta con conocer la magnitud de un movimiento sísmico para anticipar su impacto, porque mientras algunos países han fortalecido sus capacidades para resistirlo, otros continúan acumulando vulnerabilidades que pueden transformar un fenómeno natural en una tragedia humana.
Por Jeffrey Medina