Opinión. Thursday, 17 de September, 2026
La pérdida más grande de tiempo y recursos de un precandidato presidencial es dedicarle la mayor parte de su esfuerzo a construir estructura dentro de su partido, como si tener más dirigentes garantizara automáticamente ganar una elección interna.
Esa lógica viene de una época en la que los dirigentes eran casi los únicos intermediarios entre el candidato y los electores. Hoy eso ya no es así. La digitalización de la información le permite a un político llegar directamente a millones de ciudadanos sin pasar primero por la estructura del partido.
Por eso, mientras algunos precandidatos recorren el país buscando presidentes de intermedios, zonales y comités de base, otros les comen el dulce construyendo, con calma, una imagen en la cabeza de los ciudadanos.
Un precandidato puede pasarse dos años visitando dirigentes, convencido de que está edificando una candidatura porque tiene miles de personas comprometidas con su proyecto. El problema, que muchas veces se descubre demasiado tarde, es que esos dirigentes también necesitan tener una respuesta cuando los militantes les preguntan quién puede ganar.
Un dirigente puede comprometerse con un candidato, pero no es dueño de los votos de sus seguidores como quien es dueño de dos perros y cinco gallinas. Cuando se acerca el momento de votar, cada militante empieza a calcular sus propias posibilidades y las del candidato al que apoya.
Y aunque suene contradictorio, el precandidato que pasó dos años construyendo estructura termina desplazado por otro que le dedicó menos tiempo a los dirigentes. No porque la estructura haya dejado de importar, sino porque el segundo logró algo que el primero no logró: convertirse en una opción reconocible para la sociedad.
Cuando eso ocurre, la estructura empieza a moverse hacia quien se percibe capaz de convertir el voto interno en una candidatura competitiva hacia afuera.
En la política dominicana, marcada además por el transfuguismo y por la movilidad de dirigentes entre grupos y organizaciones, no se puede ignorar que la lealtad es una vela frágil que se mueve hacia donde sopla el olor a poder.
La historia reciente da un ejemplo conocido. En 2011, el 90 % de los senadores y miembros del comité político del PLD juraban lealtad eterna al presidente Leonel Fernández. Un año después, esa misma lealtad era para Danilo Medina.
Un dirigente puede ser leal a un líder, pero también tiene que preguntarse qué líder tiene posibilidades reales de llevar al partido a una nueva victoria. Cuando esa percepción cambia, las estructuras también cambian.
Por eso me atrevo a decir que la lealtad más importante de un político termina siendo la lealtad al poder.
Las lealtades históricas existen, claro. Pero también existe el cálculo de la viabilidad. Y ahí aparece una de las variables más importantes de la política contemporánea que es la percepción de competitividad.
Los dirigentes no solo quieren saber quién tiene estructura. También quieren saber quién puede ganar.
Las mediciones publicadas durante 2026 muestran, además, que el reconocimiento de ciertas figuras puede ser mucho mayor que la fuerza que uno inferiría con solo mirar las estructuras partidarias. Una encuesta Gallup-Diario Libre de mayo colocó a Collado con 61.8 % entre los simpatizantes del PRM frente a 21.1 % de Carolina Mejía, en una pregunta sobre una eventual candidatura presidencial. Otra medición de ACD Media, publicada en julio, registró a Collado con 54.2 % entre los simpatizantes perremeístas.
David no tiene la estructura de Carolina. Y sin embargo, el posicionamiento externo lo coloca como favorito para ganar la interna, aunque sea con un padrón cerrado con candado alemán.
Francisco Javier García se ha pasado los últimos dos años visitando dirigentes y armando estructura con una disciplina de hierro. Y mire usted las ironías de la política: con el cadáver todavía fresco de la derrota de su organización, salió a trillar caminos buscando votos orgánicos, y en un abrir y cerrar de ojos está a un mes de perder la contienda interna frente a Gonzalo, que le quitó la posición de favorito con solo decir una frase de tres palabras. Va a perder porque la militancia del PLD hoy quiere un candidato capaz de sumar los votos suficientes para que un tercer lugar tenga peso estratégico en una segunda vuelta que decida al ganador y regrese como aliado a la miel del poder. El único territorio donde Francisco Javier todavía conserva oxígeno político real es Santo Domingo Este, donde los votos que reciba van a servir para apuntalar su otra ficha, la de mayor perfil de ese partido para la alcaldía del municipio.
Ahí vuelve a aparecer la importancia de trabajar hacia afuera.
Un candidato puede tener una estructura respetable dentro de su organización y, aun así, ser un desconocido fuera de ella. Otro puede arrancar con menos dirigentes, pero construir una presencia pública capaz de generar reconocimiento, conversación y percepción de competitividad.
Cuando crece la percepción de que un precandidato es el favorito en las encuestas, es la estructura la que empieza a buscarlo a él, y no al revés.
La política moderna no eliminó la estructura. La transformó. Antes, el candidato necesitaba la estructura para llegar al elector. Ahora puede llegar primero al elector y usar ese reconocimiento para construir estructura después.
Esto también tiene consecuencias para los aspirantes a alcaldías y senadurías.
Una foto rodeado de dirigentes demuestra que hay relaciones políticas. Una imagen junto a un ciudadano común, acompañada de una historia capaz de conectar con miles de personas, demuestra que hay una relación social que va más allá del partido.
Si todos los candidatos visitan dirigentes, visitar dirigentes deja de marcar diferencia. Si todos organizan reuniones, las reuniones dejan de diferenciar. Si todos publican fotos con figuras del partido, esas fotos pierden valor.
La diferencia aparece cuando un candidato encuentra un nicho político que sus competidores todavía no están ocupando. Puede ser una causa, una historia personal, una forma distinta de comunicarse, una relación con determinados sectores sociales, o una presencia pública capaz de convertir una preocupación ciudadana en bandera política.
En una campaña, hacer lo mismo que los demás es una manera bastante segura de perder el tiempo y de terminar pareciéndose a todos los demás.
Esto tampoco significa abandonar la estructura. Expresa entender que la estructura puede ser consecuencia del posicionamiento público, y no necesariamente su punto de partida.
Un candidato que aumenta su conocimiento, mejora su percepción y empieza a ser considerado competitivo tiene algo que mostrarle a la dirección de su partido que ningún listado de dirigentes puede demostrar por sí solo. Él posicionamiento indica a la cúpula partidaria que tienen un activo con demanda electoral real.
La campaña más cara y menos productiva puede ser aquella en la que dos precandidatos se gastan millones de pesos tratando de demostrar quién tiene más dirigentes, mientras ninguno se pregunta cuántos ciudadanos fuera del partido conocen de verdad su nombre.
Naturalmente, no todos los candidatos deben aplicar la misma fórmula. En las candidaturas a diputados y regidores, sobre todo en territorios donde la organización partidaria y el contacto directo pesan mucho, la estructura va a seguir siendo lo más importante.
Pero una candidatura presidencial, o la alcaldía de una gran ciudad necesita convertirse en una conversación social.
La verdadera transformación de la política contemporánea no es que la estructura haya desaparecido. Es que el poder de la estructura depende cada vez más de la percepción que exista sobre quien pretende conducirla.
Por eso, la pregunta ya no debería ser solamente cuántos dirigentes tengo. Ahora debería ser: ¿cuántos ciudadanos me conocen, qué percepción tienen de mí y cuántos creen que puedo ganar?
Porque cuando esa percepción cambia, también puede cambiar el comportamiento de quienes están dentro del partido.
De ahí nace mi hipótesis de que el poder interno se conquista afuera. No porque la estructura no importe, sino porque los dirigentes también quieren saber qué candidato tiene una posibilidad real de conectar con la sociedad.
Los datos y la investigación que sustentan esta idea forman parte de un trabajo más amplio, que voy a desarrollar en un libro previsto para el primer trimestre de 2027.
Mientras llega ese libro, todo precandidato puede hacerse una pregunta: ¿estoy construyendo una estructura para competir en una elección, o estoy construyendo un candidato capaz de hacer que la estructura quiera seguirlo hacia la victoria?
La diferencia parece pequeña. En una elección interna puede ser enorme.
Por Ramón Peralta