Opinión. Tuesday, 29 de September, 2026
Una mujer entra a una planta de manufactura con todo lo que exige el protocolo: casco, lentes, guantes, botas y arnés. A simple vista, está protegida. La empresa también puede decir que cumplió: entregó los equipos, impartió la inducción y dejó constancia.
Pero el casco le queda grande. Al guante le sobra una pulgada. La bota no ajusta y el arnés fue diseñado pensando en otra anatomía. Entonces, ¿está realmente protegida?
La pregunta parece sencilla, pero revela uno de los puntos ciegos que todavía arrastra la seguridad laboral. Durante décadas aprendimos a identificar, medir y controlar riesgos tomando como referencia un mundo del trabajo históricamente masculino: construcción, minería, metalurgia, mantenimiento industrial. Era necesario hacerlo. El problema es que, mientras avanzábamos ahí, otros riesgos y otras formas de exposición quedaron mucho menos estudiados.
El informe Seguridad y salud en el trabajo con perspectiva de género: desafíos y avances en Iberoamérica, publicado por la OIT y la OISS en marzo de 2025, pone números a algo que muchas mujeres que trabajamos en seguridad hemos visto durante años: todavía evaluamos demasiados riesgos como si el trabajador fuera un cuerpo estándar. Y ese cuerpo estándar, muchas veces, sigue siendo masculino.
Uno de los datos que más me llamó la atención tiene que ver con algo tan básico como registrar lo que ocurre. Apenas el 43 % de las personas encuestadas señaló que las estadísticas de incidentes, accidentes y enfermedades laborales se desagregaban por sexo. ¿Cuántas organizaciones pueden explicar hoy si una misma máquina, una misma sustancia o una misma jornada está afectando de manera diferente a sus trabajadoras y trabajadores? Cuando no diferenciamos los datos, también podemos estar ocultando el riesgo.
Esto no significa que los riesgos sean siempre mayores para las mujeres. El propio informe muestra que en América Latina y el Caribe cerca del 86 % de las muertes por cardiopatía isquémica y casi el 80 % de los ictus atribuidos a largas jornadas laborales ocurrieron entre hombres. Introducir la perspectiva de género en seguridad no significa favorecer a un grupo. Significa dejar de asumir que todas las personas están expuestas de la misma forma.
Donde el problema se vuelve más visible es en los equipos de protección personal. El 60 % de las mujeres y el 50 % de los hombres encuestados consideró que las diferencias antropométricas no se tenían suficientemente en cuenta en el diseño o la selección de los EPP.
En República Dominicana lo he visto de cerca. Mujeres a quienes el casco les deteriora el cabello con el uso diario. Cascos que quedan «en el aire» porque, para que no se deslicen, hay que apretar la suspensión hasta que molesta. Botas con hormas tan anchas que el pie se desliza dentro y la trabajadora termina poniéndose dos o tres pares de calcetines para rellenar el espacio. Chalecos que tienen que ir ajustando mientras trabajan y que, dicho sin pena, les disgustan por cómo se ven y se sienten. Nada de eso aparece en un reporte, pero todo eso influye en cómo se usa el equipo, cuánto tiempo se usa y si se usa.
Puede parecer un detalle, pero no lo es. Un pie que se mueve dentro de la bota compromete la estabilidad. Un casco mal asentado no responde igual ante un impacto. Y un equipo que incomoda es un equipo que la gente se quita en cuanto nadie la mira. Cuando ocurre el accidente, el informe dirá «no usaba el EPP», no «el EPP no le servía».
Lo más frustrante es que parte de la solución ya existe. Algunos fabricantes han diseñado cascos, calzado, arneses y ropa para cuerpos femeninos. Pero la industria todavía no los ha incorporado a su gestión como debería: se siguen comprando por catálogo, por precio y en talla única, y es la trabajadora quien se adapta al equipo, no el equipo a ella.
Por eso siempre he creído que hay una enorme diferencia entre entregar un equipo y proteger a una persona. La seguridad no termina cuando el trabajador firma que recibió su EPP. Comienza cuando comprobamos que ese equipo corresponde al riesgo, a la tarea y a quien realmente lo va a utilizar.
También tenemos que mirar quién participa en las decisiones. La ficha técnica de un producto puede cumplir todas las normas y, aun así, la trabajadora que lo usa cada día puede aportar una información que ningún documento contiene: «Esto no me ajusta bien para hacer mi trabajo». Escuchar esa frase también es gestionar seguridad.
Así que dejo tres preguntas para quien dirige una planta: ¿su último informe de accidentes dice cuántas de las personas lesionadas eran mujeres? ¿Su última compra de EPP incluyó modelos y tallas para ellas? ¿Cuántas mujeres se sientan en su comité de seguridad?
No necesitamos una seguridad industrial para mujeres. Necesitamos hacer mejor seguridad industrial. Y eso no se demuestra con una campaña durante el mes de la mujer, sino en algo mucho más cotidiano: los datos que decidimos recoger, los equipos que compramos y las personas que invitamos a sentarse a la mesa.
Mañana esa mujer volverá a entrar a la planta con casco, lentes, guantes, botas y arnés. Y con dos pares de calcetines dentro de la bota. La pregunta sigue pendiente: ¿ese sistema de seguridad fue diseñado pensando también en ella?
Por Carmen Ulloa
Auditora de Riesgos Laborales y Empresaria
@unamujerconseguridad