Opinión. Monday, 29 de June, 2026
Por: Manuel Brito
La historia demuestra que las naciones no se fortalecen únicamente por la riqueza de sus recursos naturales ni por el tamaño de su economía. Su verdadera fortaleza radica en la calidad de sus instituciones, en la formación de sus ciudadanos y, sobre todo, en la capacidad, la integridad y la visión de quienes tienen la responsabilidad de conducir los destinos del Estado.
Hoy vivimos una coyuntura que debe llamar a la reflexión de toda la sociedad dominicana. No se trata de cuestionar el derecho legítimo que tiene cualquier ciudadano de aspirar a una posición de elección popular. Ese derecho forma parte de la esencia de la democracia. Sin embargo, otra cosa muy distinta es que una nación deje de preguntarse si quienes aspiran a dirigirla poseen la preparación, la experiencia, el equilibrio, el conocimiento y la visión estratégica que demanda la conducción del Estado.
Gobernar una República no es un espectáculo ni un concurso de popularidad. La Presidencia de la República exige formación, juicio, capacidad para tomar decisiones complejas, conocimiento de la administración pública, comprensión de los desafíos nacionales e internacionales y un profundo compromiso con el interés colectivo. Reducir esa responsabilidad al carisma, a la improvisación o a la viralidad representa un riesgo para cualquier democracia.
Toda crisis institucional tiene un origen cultural. La decadencia comienza cuando una sociedad deja de admirar el conocimiento, el mérito y la excelencia, para sustituirlos por la improvisación, el facilismo y la superficialidad. Cuando disminuye el nivel de exigencia ciudadana, inevitablemente disminuye también la calidad del liderazgo que emerge desde los partidos políticos y las instituciones públicas.
La democracia no se debilita únicamente por las acciones de quienes gobiernan. También se deteriora cuando los ciudadanos dejan de evaluar críticamente a quienes solicitan su confianza. Elegir no consiste solamente en ejercer el derecho al voto; implica asumir la responsabilidad de escoger personas con capacidad para administrar el presente y construir el futuro del país.
Las instituciones fuertes no aparecen por casualidad. Son el resultado de una ciudadanía vigilante, de partidos políticos que formen dirigentes con vocación de servicio y de una cultura política que premie la preparación, la honestidad y la capacidad por encima del oportunismo. Allí donde se normaliza la mediocridad, las instituciones comienzan a perder eficacia y la confianza pública se erosiona progresivamente.
Los problemas que hoy preocupan a la población —las debilidades institucionales, la insuficiente fiscalización de los órganos del Estado, las deficiencias en la gestión pública y la falta de respuestas oportunas a las necesidades nacionales— no pueden analizarse de manera aislada. Todos forman parte de una misma realidad: la necesidad de elevar la calidad del liderazgo y fortalecer el compromiso ciudadano con la democracia.
Este es un llamado a la conciencia nacional. No para sembrar pesimismo, sino para despertar responsabilidad. El futuro de la República Dominicana dependerá, en gran medida, del nivel de exigencia que cada ciudadano mantenga al momento de evaluar a quienes aspiran a dirigir el país. Una democracia madura necesita participación, pero también necesita criterio; necesita libertad, pero igualmente responsabilidad; necesita líderes cercanos al pueblo, pero también preparados para gobernar con visión de Estado.
Que nunca lleguemos al punto en que la preparación sea vista como un defecto, la experiencia como un obstáculo y la excelencia como un privilegio innecesario. Porque el día en que una nación deje de exigir altura moral, intelectual y ética a sus dirigentes, ese mismo día comenzará a comprometer el futuro de las próximas generaciones.
Es decir, que cuando un país empieza a ver normal que alguien sin preparación aspire a la presidencia, el problema ya no es esa persona. El problema es el pueblo que dejó de exigir altura. Porque gobernar no es un show ni un premio a la popularidad. Es formación, juicio, historia, estrategia y responsabilidad. Una nación se cae cuando deja de admirar la inteligencia y empieza aplaudir la incompetencia como si fuera virtud de pueblo. Y el día en que la ignorancia deja de dar vergüenza y empieza a dar confianza, la democracia se vuelve autodestrucción.
La calidad del liderazgo que una nación exige es, al final, el reflejo de la calidad del país que aspira a construir.!!!
Sin otro particular,
Atentamente.
𝓶𝓐𝓷𝓤𝓮𝓛 𝓫𝓡𝓲𝓣𝓸
𝑷𝒆𝒓𝒊𝒐𝒅𝒊𝒔𝒕𝒂 / 𝑨𝒃𝒐𝒈𝒂𝒅𝒐
𝑻𝒊𝒕𝒖𝒍𝒂𝒓 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝑺𝒆𝒄𝒓𝒆𝒕𝒂𝒓í𝒂 𝒅e 𝑨𝒆𝒓𝒐𝒏á𝒖𝒕𝒊𝒄𝒂 𝑪𝒊𝒗𝒊𝒍 *-SAC- FP*