Opinión. Monday, 03 de August, 2026
Por: Jeffrey Medina
El incendio que afectó recientemente una sucursal de L&R Comercial volvió a colocar sobre la mesa una realidad que muchas organizaciones prefieren ignorar: el fuego no distingue el tamaño de una empresa, su trayectoria ni la solidez de su marca. Apenas unos meses antes, otra sucursal de la misma cadena había sido consumida por un incendio de gran magnitud en Villa Mella. En ambos casos, las autoridades iniciaron las investigaciones para determinar el origen del siniestro y, afortunadamente, no hubo pérdidas humanas gracias a la evacuación oportuna.
Sería irresponsable establecer una relación entre ambos eventos o insinuar que responden a una misma causa. Esa conclusión solo podrá surgir de los informes técnicos de los organismos competentes. Sin embargo, sí existe una pregunta que todas las empresas deberían hacerse después de conocer noticias como estas: ¿estamos realmente preparados para enfrentar un incendio de gran magnitud o simplemente asumimos que nunca nos ocurrirá?
Existe una peligrosa percepción de que los incendios son eventos poco probables y que solo afectan industrias de alto riesgo. Esa idea ha llevado a muchas organizaciones a posponer inversiones en prevención, mantenimiento, protección contra incendios o preparación para emergencias. Mientras las operaciones continúan generando ingresos, la seguridad suele quedar relegada a un segundo plano, hasta que un día una alarma rompe la rutina y todo cambia en cuestión de minutos.
Las pérdidas ocasionadas por un incendio trascienden ampliamente el valor de una edificación o del inventario almacenado. La interrupción de las operaciones puede extenderse durante semanas o incluso meses, afectando la capacidad de atender clientes, cumplir compromisos comerciales y mantener la estabilidad financiera. A ello se suman los costos asociados a la reconstrucción, la reposición de equipos, el impacto sobre la reputación corporativa, el aumento de las primas de seguros y la incertidumbre que enfrentan colaboradores, proveedores y clientes. En muchos casos, el mayor daño no es el que dejan las llamas, sino el tiempo que una empresa necesita para volver a operar.
Desde la gestión del riesgo, cada incendio debe entenderse como una oportunidad para aprender. Una investigación técnica no busca únicamente determinar dónde comenzó el fuego, sino comprender por qué el evento pudo desarrollarse, qué barreras fallaron, cuáles funcionaron y qué medidas deben fortalecerse para reducir la probabilidad de que vuelva a ocurrir. Cuando ese aprendizaje no se incorpora a la organización, el riesgo permanece latente.
La prevención contra incendios tampoco puede limitarse a la existencia de extintores o a cumplir requisitos normativos. Requiere un sistema integral que combine mantenimiento preventivo de las instalaciones eléctricas, control de fuentes de ignición, almacenamiento seguro de materiales, inspecciones periódicas, sistemas de detección y alarma, protección automática cuando corresponda, capacitación continua del personal, brigadas entrenadas y planes de emergencia probados mediante simulacros. Cada uno de esos elementos constituye una barrera diseñada para prevenir que un incidente inicial evolucione hasta convertirse en una pérdida de grandes proporciones.
A ello debe sumarse un componente que muchas organizaciones aún subestiman: la continuidad del negocio. La pregunta no es únicamente cómo evitar un incendio, sino cómo continuar operando si el incendio ocurre. Contar con planes de recuperación, respaldo de información crítica, proveedores alternos, estrategias para reubicar operaciones y protocolos de comunicación puede marcar la diferencia entre una empresa que supera la crisis y otra que nunca logra recuperarse.
Cada vez que un incendio ocupa los titulares, muchas organizaciones lo observan con la tranquilidad de pensar que ocurrió en otra empresa. Esa sensación de distancia suele desaparecer cuando las llamas aparecen en sus propias instalaciones. La prevención comienza mucho antes de que llegue el primer camión de bomberos. Comienza cuando la dirección decide invertir en gestionar los riesgos antes de que estos se conviertan en una emergencia.
Porque el próximo incendio siempre parece un problema ajeno… hasta que el fuego toca la puerta de nuestra propia empresa.