Opinión. Domingo, 26 de Abril, 2026
Los aplausos no comenzaron de golpe: crecieron como una marejada, primero tímidos, luego incontenibles, hasta llenar el salón de Santo Domingo Este con un estruendo que parecía venir de muchas memorias a la vez. Allí, entre dirigentes comunitarios que ocupaban cada asiento y cada rincón, se anunciaba la llegada del doctor Guido Gómez Mazara, invitado por el movimiento Fuerza Comunitaria para pronunciar la conferencia Sangre en abril para la cuarta república. No era solo un orador el que entraba, sino una historia que muchos creían conocer… y que esa tarde empezó a revelarse distinta.
Aunque nadie dudaba de su capacidad intelectual, hubo un murmullo de sorpresa cuando el maestro de ceremonias, Jhoatan Liriano, comenzó a desentrañar episodios de su vida que parecían guardados en un cofre antiguo. Más de uno, entre los presentes, descubrió que sabía menos de lo que pensaba.
Angelita, conocida como la dama del amor, ofreció unas palabras de bienvenida tan breves como certeras, como si midiera cada sílaba para no robarle tiempo al momento esperado. Luego habló Andrés Tejada, presidente de la Sociedad Acción Multiempresarial (SAM), con una prisa casi visible, como quien desea cumplir con el deber para dar paso, sin demora, al protagonista de la tarde. En contraste, Manolo Doctel no ocultaba su satisfacción: su alegría se le notaba en los gestos, en la mirada, en la forma de recorrer el salón lleno.
Hubo también un instante inesperado en el que el actor que encarnaba a Duarte se dejó arrastrar por la emoción de su papel y, por unos minutos, pareció olvidar que no era el patricio, sino su eco. Era una imagen que, sin proponérselo, confirmó que la historia no estaba siendo recordada, estaba siendo vivida a través de su palabra.
Cuando finalmente tomó la palabra, Guido no empezó con cifras ni discursos solemnes. Comenzó con recuerdos. Habló de sus años en Santo Domingo Este como quien abre un álbum íntimo de calles, esquinas y nombres que surgían con una precisión que desmentía cualquier distancia. Parecía un hombre que nunca se había ido. Entonces, casi en secreto, alguien susurró a mi oído que en 2023, a su padre, Maximiliano Gómez, el alcalde de entonces, Manuel Jiménez, le había levantado una estatua en el Paseo de la Historia. Y en ese instante comprendí que aquella tarde no era solo una conferencia, sino un diálogo entre el pasado y el presente, entre la memoria y la permanencia.
Para entender ese vínculo en toda su profundidad, hay que retroceder más lejos que esa tarde, pero antes debo recordar que la actividad fue cerrada con una hermosa canción de Nabel Pichardo Estudiantes de Música de la UNPU y Vicepresidenta de la Unión de Jóvenes de la Isabelita.
Guido nació en un contexto de turbulencia política, hijo de padres que se conocieron durante la Revolución de Abril. A los cuatro años perdió a su padre, asesinado en el extranjero, y desde entonces fue criado por una madre que, en medio de dificultades, le inculcó valores de firmeza y superación. Esa pérdida temprana no lo dobló, lo formó. Y el camino que tomó después habla por sí solo.
Desde joven se distinguió por su disciplina y vocación de servicios. Fue reconocido con el Premio Nacional de la Juventud y, a una edad temprana, ocupó la posición de consultor jurídico del Poder Ejecutivo. Su formación académica lo llevó al Derecho en la Universidad Iberoamericana (UNIBE), luego a una maestría en Ciencias Políticas y Administración Pública en la New School for Social Research de Nueva York, y más tarde a la Universidad Carlos III de Madrid. Reconocido incluso por sus adversarios como un intelectual de la política, ha construido su carrera con esfuerzo propio. A pesar de las diferencias históricas de su familia con Joaquín Balaguer, demuestra objetividad al valorar su papel histórico. Reconoce el legado de Juan Bosch, aunque su principal referente ha sido José Francisco Peña Gómez.
En 1990 emigró a Estados Unidos para continuar su formación, regresando al país en 1994. Durante su estancia en Nueva York, trabajó en el periódico Listín USA y en la cadena Telemundo. Pero fue ese mismo año, al regresar, cuando tomó una decisión que lo convertiría en algo más que un visitante de estas tierras y se estableció en Santo Domingo Este, específicamente en el Ensanche Ozama.
No llegó como figura. Llegó como vecino. En la escuela Panamá ejerció por primera vez su derecho al voto y en Los Mina se integró a la vida social y deportiva, participando en el club Los Nómadas Coloide. Quienes compartieron con él recuerdan su disciplina como jugador de baloncesto, su sentido de equipo y su cercanía con la gente. No era el intelectual que observa desde afuera, era el hombre que jugaba, discutía cuando le daban foul y el árbitro no pitaba la falta. En Santo Domingo Este Guido construyó una historia desde adentro.
A ese arraigo se suman sus obras escritas que reflejan su pensamiento crítico y su compromiso con la vida pública: De ahora en adelante, La feria de las hogueras y Transición electoral 1966-1996 son testimonios de alguien que no solo vivió los procesos políticos del país, sino que los estudió, los cuestionó y los dejó por escrito.
Por todo eso, la propuesta de declararlo hijo adoptivo de Santo Domingo Este no es un gesto ceremonial. Es el reconocimiento de algo que ya ocurrió, un hombre que eligió este municipio, que lo vivió desde adentro, y que lleva su historia, la propia y la colectiva, con la misma naturalidad con que ese 26 de abril llenó el salón de aplausos que crecían como una marejada.