Opinión. Monday, 15 de June, 2026
Por: Jeffrey Medina
La reciente tragedia que ha estremecido a la República Dominicana, en la que una madre y su hijo fallecieron por intoxicación con monóxido de carbono mientras una tercera persona sobrevivió tras ser encontrada en estado delicado, ha vuelto a poner sobre la mesa un peligro del que poco se habla, pero que cobra vidas en todo el mundo: el monóxido de carbono. El Instituto Nacional de Ciencias Forenses (INACIF) confirmó que la causa de muerte fue la intoxicación por este gas. Sin embargo, al momento de escribir estas líneas, las autoridades aún investigan cuál fue la fuente que originó la acumulación del monóxido de carbono dentro del apartamento.
Más allá de las circunstancias particulares del caso, este hecho nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿podría existir monóxido de carbono en nuestros hogares sin que lo sepamos? La respuesta es sí, y esa es precisamente la razón por la que este gas es conocido mundialmente como el “asesino silencioso”.
El monóxido de carbono (CO) es un gas incoloro, inodoro e insípido. En otras palabras, no se ve, no tiene olor y no produce irritación. Nuestros sentidos son incapaces de detectarlo. A diferencia de una fuga de gas o del humo de un incendio, el monóxido de carbono puede acumularse de forma silenciosa hasta alcanzar concentraciones peligrosas sin que las personas perciban señal alguna de alerta.
Su peligrosidad radica en la forma en que actúa sobre el organismo. Cuando es inhalado, se une a la hemoglobina de la sangre con una afinidad mucho mayor que el oxígeno, impidiendo que este llegue adecuadamente a órganos vitales como el cerebro y el corazón. El resultado es una disminución progresiva del oxígeno disponible para el cuerpo, lo que puede provocar desde síntomas leves hasta pérdida del conocimiento y la muerte. En muchos casos, las víctimas fallecen mientras duermen, sin llegar siquiera a darse cuenta de que estaban en peligro.
El monóxido de carbono se genera por la combustión incompleta de combustibles como gasolina, diésel, gas natural, GLP, carbón o leña. Esto significa que numerosos equipos de uso cotidiano pueden producirlo. Entre ellos se encuentran las plantas eléctricas o generadores, vehículos encendidos en espacios cerrados, calentadores de agua a gas, estufas, hornillas, secadoras de ropa a gas y equipos con motores de combustión interna. Incluso algo tan aparentemente inofensivo como utilizar una parrilla de carbón en un balcón cerrado o dentro de una vivienda puede generar concentraciones mortales de este gas.
En edificios residenciales modernos existe además otro riesgo menos visible: la migración de gases desde parqueos soterrados, cuartos de plantas eléctricas o sistemas de ventilación deficientes. Una falla en el diseño, mantenimiento o extracción mecánica puede permitir que el monóxido de carbono se desplace hacia áreas habitables, exponiendo a los residentes sin que estos lo adviertan.
Uno de los principales desafíos es que la intoxicación por monóxido de carbono suele confundirse con enfermedades comunes. Los primeros síntomas incluyen dolor de cabeza, mareos, debilidad, náuseas, somnolencia y desorientación. Muchas personas creen estar experimentando cansancio, una gripe o malestar general. Sin embargo, existe una señal de alerta que nunca debe ignorarse: cuando varias personas presentan síntomas similares al mismo tiempo dentro de un mismo espacio y mejoran al salir al exterior, debe sospecharse inmediatamente una posible exposición a monóxido de carbono.
La buena noticia es que estas tragedias son altamente prevenibles. Nunca deben utilizarse plantas eléctricas dentro de viviendas, balcones o áreas cerradas. Los vehículos no deben permanecer encendidos dentro de garajes. Los equipos a gas requieren mantenimiento periódico y los sistemas de ventilación deben inspeccionarse regularmente. Asimismo, la instalación de detectores de monóxido de carbono constituye una de las medidas más efectivas para alertar oportunamente sobre la presencia del gas antes de que alcance niveles peligrosos.
La investigación determinará qué ocurrió exactamente en este lamentable caso. Sin embargo, la lección trasciende las circunstancias particulares. El monóxido de carbono es un riesgo real, presente y muchas veces invisible. En seguridad y salud, las amenazas más graves no siempre provienen de aquello que vemos, sino de aquello que desconocemos o decidimos ignorar.
Porque el peligro más letal no siempre hace ruido. A veces, simplemente entra en silencio.