Opinión. Wednesday, 22 de July, 2026
Por: Prof. Luis Ángel Padilla Torres
La República Dominicana es un país privilegiado por su riqueza natural, pero también se encuentra ubicada en una región de importante actividad sísmica. Nuestra historia registra terremotos que han provocado pérdidas humanas y materiales, y los estudios geológicos recuerdan que el riesgo permanece. Por ello, la pregunta que debemos hacernos no es si volverá a ocurrir un gran terremoto, sino si realmente estamos preparados para enfrentarlo.
La experiencia internacional demuestra que, después de un sismo de gran magnitud, las primeras 72 horas son decisivas. En ese período se concentra la mayor posibilidad de rescatar con vida a personas atrapadas entre los escombros. Cada minuto que pasa reduce las probabilidades de supervivencia, por lo que la rapidez, la organización y la capacitación de los equipos de respuesta son factores determinantes.
En ese contexto surge una interrogante de gran importancia: ¿Cuenta la República Dominicana con suficientes rescatistas capacitados para responder a una emergencia de gran escala?
Responder esta pregunta no depende únicamente de un número. La verdadera capacidad de respuesta se mide por la preparación del personal, la disponibilidad de equipos especializados, la coordinación entre las instituciones y la presencia de recursos en todas las provincias del país. Sin embargo, es evidente que fortalecer el número de rescatistas entrenados debe ser una prioridad nacional.
No basta con tener voluntad de ayudar. El rescate en estructuras colapsadas exige conocimientos técnicos, entrenamiento constante y disciplina. Un rescatista debe dominar técnicas de búsqueda, estabilización de edificaciones, rescate con cuerdas, atención prehospitalaria, manejo de herramientas hidráulicas y neumáticas, comunicaciones de emergencia, gestión de riesgos y trabajo bajo el Sistema de Comando de Incidentes. Además, debe estar preparado física y emocionalmente para actuar en escenarios de alta presión.
Nuestro país cuenta con instituciones comprometidas, como los cuerpos de bomberos, la Defensa Civil, la Cruz Roja Dominicana, las Fuerzas Armadas, la Policía Nacional y los servicios de emergencia. Sus hombres y mujeres realizan una labor admirable, muchas veces con recursos limitados. Sin embargo, la magnitud de un gran terremoto podría superar rápidamente la capacidad instalada, especialmente si varias provincias resultan afectadas de manera simultánea.
Por ello, la preparación debe extenderse más allá de los organismos oficiales. Las universidades, los centros educativos, las empresas, las juntas de vecinos y las organizaciones comunitarias pueden desempeñar un papel fundamental en la creación de brigadas capacitadas en primeros auxilios, evacuación, prevención de incendios y apoyo logístico. Una ciudadanía preparada se convierte en el primer eslabón de la respuesta y puede salvar vidas antes de que lleguen los equipos especializados.
Otro aspecto esencial es la inversión en equipos modernos. Cámaras de búsqueda, detectores acústicos, drones, sistemas de comunicación interoperables, herramientas de corte y separación, equipos de protección personal y hospitales de campaña son recursos que incrementan significativamente la capacidad operativa durante una emergencia. La capacitación sin equipamiento adecuado deja limitadas las posibilidades de éxito.
La cultura de prevención también debe fortalecerse. Los simulacros periódicos, la educación sobre cómo actuar durante un terremoto y la elaboración de planes familiares de emergencia deben formar parte de la vida cotidiana. Una población informada reduce el pánico, facilita las evacuaciones y contribuye a una respuesta más organizada.
Asimismo, es indispensable que las instituciones públicas y privadas revisen de forma continua sus planes de emergencia.
Por: Prof. Luis Ángel Padilla Torres
Teniente Coronel P.M. | Especialista en Seguridad, Gestión del Riesgo y Formación de Rescatistas