Opinión. Friday, 25 de September, 2026
Los hombres mueren, las ideas no mueren si hay hombres que continúen su ejemplo.»
Juan Bosch
El golpe de Estado del 25 de septiembre de 1963 contra el profesor Juan Bosch no fue solo un derrocamiento. Fue un aborto de modelo. Y todavía estamos pagando la cesárea, con intereses moratorios de 63 años.
Cuando nos preguntamos por qué este país tiene seguridad sin derechos, pan caro, hospitales sin camas y un Estado que no planifica, que solo reparte funditas y préstamos, tenemos que volver a esos siete meses de 1963. A Bosch no lo tumbaron por malo. Lo tumbaron por demasiado avanzado para el patio. Por eso sigue siendo y será el presidente ético y moral del pueblo dominicano.
¿Qué proponía Bosch que asustó tanto a poder nacional e internacional ? Fueron tres cosas que eran una revolución sin fusiles.
La Constitución del 63, la más social de América. Prohibía el latifundio, consagraba la participación de los trabajadores en los beneficios de la empresa, imponía la reforma agraria real, el control del Estado sobre la minería, el divorcio, la igualdad entre hijos legítimos y naturales. En un país de fincas, sotanas y generales, eso era dinamita social.
Un Estado planificador, no repartidor. Bosch no quería dar. Quería crear. Su modelo era industrializar el agro, crear la CDE, el INVI, una reforma educativa hostosiana masiva. Pasar de país de bodega a país de fábrica. De importar a producir.
Democracia sin tutela. Quería hacer lo que todavía no hemos logrado: subordinar a los militares al poder civil. Quitarle el negocio de la frontera, las aduanas y el contrabando a la oligarquía trujillista que se quedó intacta después de matar al Jefe.
Esa alianza no lo aguantó: cúpula empresarial, jerarquía eclesiástica conservadora, militares trujillistas y la Embajada americana que en plena Guerra Fría veía en cada reforma agraria un «comunismo blando», con referente a lo ocurrido en Cuba con Fidel Castro, en el 1959, y se temía una segunda Cuba en el Caribe.
¿Cuál fue el precio? El golpe nos condenó a tres deformaciones históricas que arrastramos hasta hoy.
En lo social y económico pasamos de modelo de producción a modelo de préstamos. Bosch iba a crear riqueza desde el campo. Desde Balaguer hasta hoy creamos deuda desde el Banco Central. Si esa reforma agraria hubiese durado cuatro años, el campesino no habría emigrado a la capital a formar cordones de miseria en Los Guandules y Gualey. Hoy importamos el 80% del ajo, la habichuela y la cebolla que ese campesino iba a producir con tantas tierras fértiles que tenemos y manos laboriosas. Cambiamos fincas por bancas de apuestas y zonas francas sin cadena de valor.
En seguridad ciudadana pasamos de autoridad civil a represión. Bosch desmontaba la cultura del calié. El golpe nos devolvió al «disparen primero y averigüen después». De ahí viene la Policía Nacional que tenemos: una institución que no previene, que reacciona a tiro limpio porque existe un mal de fondo estructural social que es una zona franca produciendo violencia y delincuencia. No es casual que hoy pidamos modelos exteriores en cada esquina. Venimos de 30 años Trujillistas y de 22 años del balaguerismo donde el orden era a palos y a muerte, no a derechos. El golpe de Estado del 63 es el padre de esa mentalidad.
En lo institucional pasamos de partidos de ideas a partidos de clientes. Bosch formó, en ese momento, un PRD con escuelas de formación política, con círculos de estudio. El golpe destruyó eso y nos dejó el modelo que conocemos: el partido como agencia de empleos, no como proyecto de país. Por eso no hay políticas públicas de continuidad. Cada gobierno llega a borrar y a nombrar, no a construir sobre lo construido.
La Revolución del 24 de Abril de 1965 no fue una guerra civil cualquiera. Fue la respuesta del pueblo a aquel hecho abortivo constitucional del 63. El pueblo no pedía elecciones, pedía la vuelta de la democracia sin elecciones. La vuelta de Bosch y de la Constitución del 63. Por eso fue constitucionalista. No querían votar de nuevo, querían reponer lo que nos habían robado.
Cuando decimos que todavía ese impacto está dando síntomas, damos en el clavo. El subdesarrollo dominicano no es por falta de recursos. Es por falta de aquel despegue que Bosch iba a iniciar y crear como base de legado social, político, democrático e institucional estructural.
Nos quedamos sin la Reforma que nos hubiera dado una clase media rural propietaria, sin la Constitución social que nos hubiera dado justicia laboral, y sin la subordinación militar que nos hubiera dado democracia estable.
El golpe del 63 no mató a una Democracia y a un proyecto de transformaciones estructurales en los social, político, democrático e institucional. Mató la posibilidad de una República Dominicana con orden, con derechos, dignidad y orgullo de desarrollo y avance nacional.
𝓜𝓪𝓷𝓾𝓮𝓵 𝓑𝓻𝓲𝓽𝓸
𝑨𝒃𝒐𝒈𝒂𝒅𝒐/*Periodista*
𝑻𝒊𝒕𝒖𝒍𝒂𝒓 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝑺𝒆𝒄𝒓𝒆𝒕𝒂𝒓í𝒂 𝒅e 𝑨𝒆𝒓𝒐𝒏á𝒖𝒕𝒊𝒄𝒂 𝑪𝒊𝒗𝒊𝒍