Opinión. Lunes, 27 de Abril, 2026
Cada 28 de abril el mundo conmemora el Día Mundial de la Seguridad y Salud en el Trabajo, pero este año la conversación adquiere una relevancia particular porque la Organización Internacional del Trabajo ha colocado en el centro del debate un tema que durante demasiado tiempo fue tratado como secundario: la necesidad de garantizar entornos psicosociales saludables en el trabajo. No se trata de una discusión marginal ni de una agenda complementaria, sino de reconocer que la manera en que se diseña, organiza y gestiona el trabajo también puede convertirse en una fuente de riesgo.
Durante décadas, la prevención estuvo enfocada en controlar peligros visibles, como caídas, exposiciones químicas, maquinaria, electricidad o incendios, y esa agenda sigue siendo esencial. Sin embargo, el mundo del trabajo ha cambiado, y con él también han evolucionado los factores que pueden afectar la salud, la seguridad y el desempeño de las personas. La sobrecarga, la presión constante, la falta de control sobre las tareas, la ambigüedad de roles, los estilos de liderazgo deficientes, la inseguridad laboral o las jornadas excesivas no son simples tensiones del trabajo moderno; son factores que pueden generar daño, deteriorar la salud, aumentar errores y afectar incluso la sostenibilidad de las organizaciones.
Ese es el valor del mensaje que impulsa la OIT este año, porque obliga a entender que los riesgos psicosociales no deben seguir tratándose como un tema periférico asociado únicamente al bienestar o al clima laboral, sino como parte integral de la agenda preventiva. Ese cambio de enfoque tiene una enorme relevancia para República Dominicana, donde esta conversación empieza a ganar espacio, pero todavía enfrenta una brecha importante entre reconocer estos factores y gestionarlos realmente como riesgos dentro de los sistemas de seguridad y salud en el trabajo.
En muchas organizaciones todavía se habla de estrés, pero pocas evalúan factores psicosociales; se habla de bienestar, pero pocas revisan con rigor las cargas de trabajo, los modelos de supervisión, la autonomía, las exigencias emocionales o el diseño organizacional como variables que pueden estar generando daño. Ese es uno de los grandes desafíos, porque muchas veces el problema no es solo la existencia de estos riesgos, sino que se han normalizado como si fueran parte inevitable del trabajo.
Las consecuencias de esa omisión son cada vez más visibles. Estrés crónico, agotamiento, burnout, ausentismo, rotación, fatiga mental, pérdida de productividad e incluso errores operativos pueden estar vinculados con factores psicosociales deficientemente gestionados. Por eso esta no es solo una discusión sobre salud mental, es también una discusión sobre prevención, desempeño y sostenibilidad.
En una economía como la dominicana, donde una parte importante del empleo se concentra en servicios, con alta presión operativa, demandas cognitivas crecientes y entornos de trabajo cada vez más complejos, esta conversación no puede seguir postergándose. Integrar la evaluación de factores psicosociales, incorporarlos en los sistemas de gestión, revisar cómo se organiza el trabajo y fortalecer el liderazgo preventivo son pasos que empiezan a ser necesarios si queremos que la prevención responda a las realidades actuales.
Este 28 de abril debería servir no solo para conmemorar, sino para ampliar la mirada. Porque un entorno de trabajo seguro no se construye únicamente controlando peligros visibles, también se construye interviniendo aquellas condiciones organizacionales que, aunque menos evidentes, pueden afectar profundamente la salud y el trabajo de las personas. Ese es, quizás, uno de los grandes desafíos que hoy tiene República Dominicana, pero también una oportunidad para entender que el riesgo invisible existe, que también puede hacer daño y que, como cualquier otro riesgo, también puede prevenirse.